Oceanografía del tedio 15

Un recuerdo

No necesito buscarle sentido a la vida. Tengo mi lucha. Tengo un propósito. Mi razón de ser es mi lucha (desigual y frustrante) por ser escritor. Escribir, frente al ruido de moscas que nos rodea, como si se convirtiese todo en una ornitología de danzas de células, quarks, energía, intención y atención. Escribir para aniquilar las jodidas estupidices. Y para recuperar, sobre todo -tal el propósito magno, musical, rítmico y melódico- para recuperar el milagro de mi infancia: el recuerdo vívido, sincrónico y ucrónico, cuando la sinestesia quebraba los límites del espacio-tiempo.

La luz del sol bañando la cocina, la claridad del cielo tras un chaparrón; durante aquellas mañanas vivía suspendida solo para nosotros la esperanza. Mi infancia es la línea que une los aspectos centrales de mi personalidad, como una cuerda sostiene la ropa y las sábanas, y a menudo siento que recojo esos detalles como palabras (transmutadas en símbolos, transfiguradas en mitos) Lujo y hechos que quiero y no quiero contar y, al mismo tiempo, guardar y no guardar para mí. El aire, impregnado de olor color aceite, trementina y crayones, tímido y silencioso, como una nube en marzo, -lo único que se oye es el tenue sonido de la felicidad de Dios en la planta de arriba. De vez en cuando, mirar mis dibujitos e intuir que la luz es lo más importante; la luz, el camino y la vida.

Allí, con un trajecito estrecho, pero cómodo, casi ducal, sobrecargado de bordados, era un niño de unos seis años que aparece delante de un paisaje de invernáculo. Sobre el fondo de rígidas ramas de palmera. Y como si se tratase de tornar más calurosos esos trópicos, ese niño ve a su izquierda un enorme sombrero de alas anchas con que se toca papá. Y, a la derecha, los ojos infinitamente, infinitamente bellos de mamá sobrepuestos al paisaje amarillo de Sitges.

NOTA BENE: Miguel Ángel a Giorgio Vasari: “Giorgio, si hay algo bueno en mi ingenio, lo debo al haber nacido en la sutileza del aire de vuestra tierra de Arezzo y al haber mamado con la leche de mi nodriza los cinceles y el mazo con que hago mis figuras”.

Y también, respecto a componer con palabras, «Aún aprendo»; esta frase, que era el lema de Miguel Ángel, también fue adoptada por Goya y la usó en una de sus estampas.

Si genios de ese renombre dijeron eso, ¿qué podemos decir nosotros, simples pulgas invisibles?

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