
TRIBUTO A EMIL MAN MARTÍNEZ
O FAISÁN O NADA
El día era ingrato y me pesaban los nervios,
pero, ¡transustanciación!, el cartero me trajo
el libro de poemas de Emil Man Martínez.
Y cesó todo lo rústico y agreste, y, al leerlo,
me inundaba una paz como tener todos los pagos
de la casa al día. Ay esa engañosa y falsa sencillez,
ay esa perfección gota a gota pensada, y la emoción
-numen de cualquier gran poema- sabrosa como
lenguado Joinville. La belleza leonada,
el espíritu de niebla de duque de Aquitania,
las paredes violetas de las calles de Logroño
donde el poeta recoge gnosis de rosas de azufre.
Jerjes y su ejército cuando al fin se hace justicia
a Demérato, la telaraña de agua del archilector.
Cantemos gorjeando con el estribillo de la cigarra:
otros sufren penurias, Emil, poeta y libre eres tú.
***
¿QUÉ NOS HAN HECHO LOS LIBROS?
(Emilio Manuel Martínez Eguren. “Sentido de la llama”)
Dime, ¿qué nos han hecho los hombres?
Ni buenos, ni nobles ni sagrados, la gran
mayoría pesados por gramos o micrones,
con rutinas embrutecedoras y ojos llenos de malicia
o sarcasmo, saltando de estupro en insulto,
iguales a manuales de psicopatologías, con dobles
o triples intenciones, casi bestias,
afanándose momorocos o momoscles
por el dinero. A ver si llega pronto el atardecer
y puedo leer y releer los libros que me dan
vida, los libros verdaderos. A ver si
preparo mi frío gintonic, y meditando
en la cosa ancha y extraña del mundo o la vida,
logro escribir unos versos que, al menos,
reflejen un ritmo y pálida memoria de lo
que fui (aunque solo subí un escalón en la
escalera del Arte, eso no está al alcance de
cualquiera); líneas medidas con dificultad,
pero fieles a mi tono menor y mi desorden.
Y leer libros memorables y celestiales que,
como mamá, todavía me siguen protegiendo.
¿Qué nos han hecho los libros? Solo soy
un filólogo papirológico, una voz de palabras
arrebatadas sin hallar, que añade parca
imaginación al collar de diamantes, un escoliasta
de la excentricidad. Ocupo la canonjía de oficio
que se ofrece a los Letrados. Orgullo.
Y paseo por mi biblioteca de estanterías
dobladas, tomo un viejo volumen como
cuerpo henchido de ideas, y, al igual
que un poeta helenístico dentro de un
mundo más bello, exacto, y ordenado,
en mi oscura provincia de oropéndolas
con sabor a sal de mar y adolescente,
con trajín de Florencia al claro de Luna,
suplicando poder mirar con ojos de perro,
pienso y escribo, mientras las horas huyen.
***
VARIACIONES A UN POEMA DE EMIL MAN MARTÍNEZ
El descompuesto por los besos carmín de una scort,
viñas en el lugar generoso del verano, la música
convocando cercanas imágenes de besos,
la seda de los palacios y la carne de las salonnièrs,
el barrio burgués, venerable, noble y silencioso
donde nací, con callecitas limpias y casas amplias,
allí donde “el cel fa vibrar el seu blau lluminós com una
llançada”. La tranquilidad estoica de las bibliotecas,
las madrugadas en Boston, la belleza del Orient Express.
Y tertulias largas en cafés de rojos mármoles, Li Po,
pasillos donde filibusteros no advierten la muerte,
el adormecido asfódelo de la Luna, Wittgenstein,
la mala suerte que vuelve página y entonces de ti
se enamoran rosadas chicas posadas sobre la arena
rubia de las playas, el aliento claro y dulce de mamá,
mamá peinándose delante de un espejo pequeñito,
la suprema elegancia del salón Verdurin, Grecia y Roma,
los hotelitos de París, las salas de lectura en las
mansiones victorianas. Y Europa los dos últimos siglos,
chocolate con almendras y una taza de té,
las misteriosas coreografías rusas, Platón y el ajedrez,
(esos pronombres de la alegría), el mar donde con tablas
de surf bellas universitarias planean las olas diríase que
encendidas de lava, la pedrería del bosque, este
ininterrumpido allegretto de mi perrilla “Ita”,
la magia de aves fénix rojas, la melodía
enredándose en las redes de robustos pescadores,
el leve muro azuloso de la Ribeira Sacra donde vivo,
lentos paseos por bulevares de árboles y teatros,
ese cuarteto de cuerda sonando en los corredores y
salas de las casas felices, y leer de noche o caminar
bajo el sol. Enumeración breve de dones que
deleitan sentidos y mente, y de la muerte nos alejan.
