
Recuerdo al que leyere que la «vox populi» (esencia de la democracia) no es por ciencia mágica y automática «vox dei» (voz de Dios), petrificada y definitiva, que la democracia no procesa la información ni maximiza el acierto de modo infalible y perfecto, aunque tiene dos enormísimas virtudes: permite el cambio de gobierno sin derramar una gota de sangre y representa a la pluralidad.
De acuerdo con el matemático Donald Saari (quien probó recientemente un importante resultado respecto a la teoría de la votación), es posible crear, a través del voto, cualquier elección que uno quiera.
Y el segundo teorema de Arrow (una caso particular de la teoría de Seth) muestra incontrovertiblemente que no existe la democracia perfecta. En efecto, la democracia perfecta no puede existir; en cierto sentido puede ser buena, pero entonces será imperfecta en otro aspecto (y a la inversa) Aunque no hubiera estupidez ni corrupción, aunque todos fuésemos buenos e inteligentes, el sistema pefecto de votación lleva a insalvables contradicciones matemáticas.
