
Listz frecuentaba asilos, hospicios, hospitales y las mazmorras de París para contemplar moribundos y condenados a muerte.
A través de unos altavoces, bajo la nevisca, el embeleso lento de aquel movimiento de una sonata de Schubert. Listz es, dada la furia pianística en los abrumadores diecisiete minutos de su “Danza macabra”, Listz es mi adolescencia: zarzal de seto donde asoma atemorizada una cabecita, mano velluda y gorda de papá, berrenda copa ingratísima.
La música es una adolescencia convertida en hélice que te entra por el oído y te destroza la carne. Y el guapo de clase mirándose los galones de la bocamanga. Y tú el nerd pajillero.
¡Fusilad a todos los adolescentes!
