Oceanografía del tedio 26

Me gustan los escritores con prosa en forma de esponja. Que alternen voces, estilemas. Ora uno periodístico, después otro barroco, finalmente uno poético.

En mi infancia -muy cuidada- vagaban dioses tutelares. Tuvo acentos de celajes de nacientes Lunas; ahí se asentó un mar de tenue brisa (las lonas de las velas de las naves inspiraban la máxima confianza) Después, depresiones y psicosis, psicosis e infartos; todo se torció.

Deseo ahora recordar a mamá -pero no su final, horrible. Gracias a ella remonté gloriosamente los acantilados de la vida; mientras viva su venturoso espectro me hará compañía. Hoy, paseando con la perra, de un matorral salió, cruzando el camino, un espantado lagarto, cuya escamosa piel parecía un tornasol lujoso. También, cerca de casa, veo volar a menudo tres águilas acogidas al camino de la montaña. Desde muy alto bajan apretadamente a los pinares. La resina de los pinos gotea blanda y amarilla; y el suelo enmuellecido de pinocha tostada. Un hervor lluvioso cae, mientras escribo esta nota, ahora mismo, en la aldea.

Las cenizas de mi madre están esparcidas en un mirador del valle. La siento fresca e irónica, risueña, con su punto de extravagancia. Mi infancia es sabor de pipas saladas, regaliz de palo y ternuras de mamá. Quisiera, tras mi muerte, llevarle donde esté enormes barcos de luz. Y tocar sus manos, delicadas, nunca torpes para nada.

Gabriela Mistral, en el poemario «Ternura», tiene un poema intitulado «Dulzura»: «Madrecita mía / madrecita tierna, / déjame decirte / dulzuras extremas».

Este animal loco e inepto que soy solo desea reunirse con ella.

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