
Yo fui traidor y fui infiel: infiel a todo fanatismo y traidor a todo totalitarismo.
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«La traición aplace, y no el traidor que la hace», dice el antiguo refrán, recogido tanto por Mateo Alemán como por Cervantes.
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Como muchos recordarán, Viriato fue un caudillo lusitano que consiguió, mediante su hábil actividad guerrillera, dificultar durante siete años el avance de la romanización en el suroeste de la península ibérica. Cuenta la tradición que fue en el año 139 antes de Cristo cuando el cónsul romano Quinto Servilio Cepión pronunció la frase «Roma no paga traidores», para despachar a unos lusitanos que se presentaron ante él reclamando la recompensa por haber matado a su jefe, el mencionado Viriato. Al parecer, se la había prometido otro cónsul, cuando fueron a él enviados por el líder para negociar un tratado de paz, y regresaron con el encargo traicionero. La resistencia histórica de los lusitanos ante el invasor -para algunos emblemática de la libertad y del nacionalismo indígena- sirve de base para hilvanar esta anécdota legendaria, con frase lapidaria incluida. Una leyenda que en definitiva pretende resaltar la grandeza del imperio triunfante (inmaculado ante semejante vergüenza de andar sobornando traidores), y que refrendaba además el hecho anterior de que el Senado de Roma hubiera declarado a Viriato «amicus populi romani». Muerto y honrado el líder, todos contentos. Excepto los traidores.
