Vestidos con corazas de mallas oscuros valles de Iberia. La conciencia de España: trompetas y aspas afeitando sus poblachones, el rostro del bufón Calabacillas, esguinces en el yermo de Lope de Aguirre, o el aire ciego tejiendo la alfombra pulgosa de Madrid. Pero también Quevedo y Cervantes, y Cunqueiro, Velázquez o Cajal, los rizos luminosos de sus muchachas, la coloración caliente de terracota del norte de sus noches, el Marqués de Bradomín, el entierro de Durruti.
No me verán fogueándome en el padelsurf, el kayak o el surf. Ni relajándome una seráfica mañana en un spa o apuntándome a una clase de yoga o de fitnes al aire libre. Ni alechugado bajo el sol espeluznante. "Vita Cartesii simplicissima est”, recordaba Valéry en "Monsieur Teste". La mía es abrumadoramente más simple. Un libro entre las manos, paseos con la perra, oír pájaros, salmorejo, crema fría de espárragos blancos y mermelada de moras. Feliz verano. Libertad, lógica y literatura.
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