Oceanografía del tedio 52

Todavía somnoliento, sin haber hecho mis abluciones, con legañas en los ojos, excitado, me pongo a escribir (el lenguaje es pulpa de lis de la miss)

Mi galleguiña aldeíña pipil, con sus húmedos hondones frondosos, es una panoplia de recentales, cabritillos, gallinas, mulas, caballos, vacas, perros, gorriones, helechos, endrinos y «toxos». El lenguaje para describirlos como un vislumbre de joyas antiguas: abalorios de ámbar, anillos, sartales de filigranas, abanicos y bujetas.

Las cumbres de las montañas están inundadas de Luna. Un recogimiento muy íntimo en esta lenta leucemia de la madrugada. El lenguaje es un salón de belleza que decolora y perfila el pelo de las señoras. Los cristales. El relente fresco. La simfonía «Primavera» de Schumann. ¿Vivir? Andante un poco maestoso. Y la música sinuosa, con su discurso socrático, capciosamente critica los mecanismos de nuestra locuacidad trivial.

Despachurrado en el plato un «éclair» al que se le ha salido el relleno cremoso. El lenguaje es un dibujo a lápiz de un río con juncos. Un jugo de sandía mezclado con melón.

Todos naufragamos al borde de las seis de la mañana ¿La escritura? Arpegios de tritón y serenidad feliz.

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