Oceanografía del tedio 57

Ahora, lloviznar, sirimiri, orvallo. Una noche amuñecada que te mira con rímel sereno. En los robles y pinos altos se enredan vellones de luz astral y lunar. “Tot just, quin esglai!”, acaba de entrar por la ventana una polilla en mi habitación, con su móvil remover caótico su ruidillo de urraca de feria en medio del total silencio.

En verano, en mi aldea, el aire se puebla de movimiento y color: algunos pocos vencejos. Scherzo de los altos nidos de las torres, silbido y navajazos súbitos y zigzagueantes como contrapunto y color orquestal de un Allegro con fuoco. El aire se convierte en un lienzo que cosen incansables junto a otras aves más comunes. Vivir: a veces, es zalamería vocinglera, enlabiado y garboso ademán, pues puedes escribir o leer tranquilo en casa, y existen alrededor abejarucos, golondrinas, gorriones, oropéndolas, alcaudones y herrerillos.

***

Hoy acaso vaya de tertulia a Orense. Orense es una “nouvelle” de condesas y marquesas algo demacradas. El otro día, Lamas, el Dr. Gracia y yo, discutíamos acerca de qué color buscar como el más adecuado para Orense. Tras varias propuestas, acordamos, acudiendo al propio nombre de Guermantes: “mordorée”. Esto en lo que toca a la ciudad y su color.

Respecto al cielo convenimos que molesta en invierno; obscuro y helado como unas congeladas vísceras de caballa de salmuera. En primavera es casi una benigna escrófula de ostra salada. En otoño es un cumplido escabeche con aceite limpio, unos tonos blancos de ajo dorado y un violeta pálido de laurel, pimienta y un par de clavos.

Orense, el escalofrío de saberla mi última ciudad.

Deja un comentario