
A muy pocos interesa la cultura. La cultura de veras. A veces creo que el libro culto o excelente es un objeto extraño en nuestra sociedad. Nos quieren a todos alelados, asnados, tontucios, babiecas, zambombos, ciruelos, maxmordones, marmolillos, zamacucos, zampatortas, bozales, monotes, tolondros, bausanes, zolochos y bonotes.
Yo leo y estudio cosas raras, y disfruto, y no me aburro y me apasiona, como el «Polycraticus», de Juan de Salisbury, o la «Metanasiana», de Thémiseul de Saint-Hyacinthe. Y no ceso de repasar artículos del «Dictionnaire» de Bayle, o de la undécima edición de la «Britannica» (la preferida por Borges)
Leo «Mirifici Logarithmorum Canonis Descriptio» («Descripción de la maravillosa regla de los logaritmos», en español, y conocido informalmente como «Descriptio»), un libro del terrateniente y aficionado a las matemáticas escocés John Napier, donde expone, por vez primera, el método de uso de los logaritmos, o leo asimismo el «Liber abaci» (1202), libro histórico sobre aritmética de Leonardo de Pisa, más conocido como Fibonacci.
También me gusta leer novelas de ternura y hechuras novísimas, poesía del ahorita mismo, ensayos sobre tópicos del día, y, de manera obsesiva, recurrente, a los amados clásicos grecolatinos (vano, amigos, nombrar a Homero, Esquilo, Catulo, Virgilio, Plutarco, Platón, Tácito etcétera) Y no molesto a nadie, y no se envilece mi espíritu, y soy moderadamente feliz -mi salud suele sabotearme-; feliz, que es a lo más que se puede aspirar en esta solitaria, pobre, chata, desagradable, brutal y corta vida.
Ambrosio, Agustín, Casiano, Alcuino y Bernardo, opacaron a Juan de Fécamp, «el más notable autor espiritual de la edad media antes de San Bernardo»(A. Wilmart, «Auteurs spirituels et textes dévots du moyen âge latin», París, 1932, p.127) Fécamp no dejó de aspirar a la soledad del eremitismo.
A mí me gustaría leer libros antiguos, en lenguas exóticas, o bien traducidos a las principales lenguas de cultura europea, y vivir en soledad. Leer, no a Pérez Reverte ni Sonsoles Ónega o Coelho (esas baratijas «poshlost»), sino «Delle Memoria historiche della città di Catania», de Pietro Carrera, o no las vaciedades de Dolores Redondo, sino «De re Grammatica hebraeorum opus, in gratiam studiosorum linguae sanctae methodo quam facilima conscriptum», de Jean Cinquarbres. En primeras y rarísimas ediciones a poder ser.
La vida es mortal. Pero acaso podamos hacer en ella un hueco para leer a Juan Clímaco, abad de la comunidad de monjes del Sinaí, autor de «Liber ad pastorem» (existe una «Vida» de Juan Clímaco, escrita por Daniel de Raitu, ciertamente pobre en informaciones precisas) La obra que dio a Clímaco celebridad duradera fue sobre todo «Scala paradisi». Siguiendo una imaginería inspirada en la escala de Jacob, describe las etapas de la ascensión espiritual en treinta escalones, que corresponden a los treinta años de la vida oculta de Jesús. Escrita con mucho sentido psicológico (descripción de la gula o de la acidia, por ejemplo), en una lengua vigorosa y a menudo llena de imágines, la «Scala paradisi» tuvo gran influencia en Oriente, donde fue comentada con frecuencia.
Y también les recomiendo la lectura de Jan van Ruysbroek, ordenado presbítero en 1317, que llegó a «vicarius» y después a «capellanus» de Santa Gúdula. Sus escritos místicos son de un valor excepcional; obras maestras literarias, monumentos de literatura, descripciones preciosas. Lean «La piedra resplandeciente», opúsculo de una belleza y sutileza pasmosa. Ruysbroek habla, como los renanos, de un más allá de las palabras y los conceptos, de la «profundidad abismal del silencio» y del «desierto» al que se llega solo por el no saber.
Nota bene: En Gerona existió un centro activo que contó con cabalistas sobresalientes: Juda ben Yaqar, Ezra ben Salomón, Azriel, Jacob ben Sheshet, Moisés ben Nahmán. Sus escritos han sido casi todos editados y traducidos. Léanlos, si les parece bien, amigos. Es tiempo muy bien empleado. Leer, leer, y no saber nada.
