
Deseo tan solo una reglamentada y ordinaria tranquilidad. Una vida sosegada de perro lanudo; una pomposa monotonía sin sobresaltos. Hundido en la vieja butaca de cordobán, leyendo a Gibbon, escuchando a Mozart, y recordando las hermosas pláticas de mamá. Atado a una larga quietud, de modo dulcísimo.
Pero hiedo a cloaca y mi tacto es de entrañas de pescado. Rata de vientre despeluchado. Eterno –egomaníaco- parloteador de mí mismo, rezumo olor a patata podrida.
Tañe (y estremece) mi solitaria enfermedad. Barca en el varadero. No sé cómo abolir esta desidia. Se van apagando progresivamente mis emociones; ni las experimento ni las expreso como el resto de las personas. Una tétrica restricción o indiferencia o aplanamiento afectivo.
Conmigo llevo un estercolero; la fetidez del ser.
