Oceanografía del tedio 60

En Roma, la gente no solía abrir la boca en público, ni para decir tonterías -como ocurre hoy en muchos parlamentos de las península hispánica-, ni para enredar al personal con argumentos falaces: la fuerza de los discursos ciceronianos, por ejemplo, reside en el hecho de un alto sentido de responsabilidad política al servicio de la patria. El bello estilo de Cicerón -que a veces suena como una sinfonía de Haydn, a veces incluso como una, más apretada, de Beethoven- es sólo una sombra natural de virtudes que van mucho más allá de la oratoria.

Cicerón, café de soleadas calles.

Los políticos contemporáneos usan y abusan de argumentos no razonables o racionalmente no convincentes, es decir, que, aunque puedan ser válidos, contienen errores de inferencia por violar uno o más criterios de la buena argumentación, en román paladino, usan y abusan de FALACIAS.

Falacia; falacias formales; falacias informales; falacia del medio no distribuido; falacia del condicional; falacias modales; falacias probabilísticas; falacia del jugador; falacia de la conjunción; falacia ad logicam; falacias informales contra el criterio de claridad; falacias por ambigüedad; anfibología; falacias por vaguedad; falacia del obscurum per obscuris; falacia por hipóstasis; falacias informales contra el criterio de relevancia; falacias por omisión (testaferro o falso dilema); falacias por falsa pista (etimológica, ad hominem, ad verecundiam); falacias ad populum; falacias ad antiquitatem/ad novitatem; falacias ad consequentiam (ad baculum/ad metum); falacias informales contra el criterio de suficiencia; falacia por inducción precipitada; falacia por inducción perezosa, falacia de la falsa analogía; falacias de la relación causa-efecto; falacia de la pendiente resbaladiza; falacia post hoc ergo propter hoc; falacia de la confusión entre condición necesaria y condición suficiente; falacia ad ignorantiam y muchas más.

Debiera haber alguna coerción legal contra los innumerables políticos inútiles e ineptos, como la hubo contra vagabundos y holgazanes. Gente atareada, ansiosa, histérica, ignara, analfabeta.

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La democracia degeneró ya en detestable oclocracia.

«En un barco no debería decidir el más popular, ni las creencias populares, pues no por ser mayoría conocerán el camino» comentó un sofocrático Platón.

La «vox populi» no es necesariamente la «vox coeli», «voz del cielo».

Los mejores raramente son comprendidos y aceptados por la mayorías.

Cualquier democracia peligra o se deslegitima bajo la influencia nociva de los ignorantes.

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¡¡¡OCLOCRACIA!!! Esa es la palabra para definir lo que ha ocurrido en España. Un pueblo analfabeto en cuestiones políticas. Un pueblo alcohólico, putañero y degenerado. Un pueblo futbolero. Un pueblo que se acostumbró a las mentiras. Un pueblo que terminó admirando a los criminales, corruptos, bandidos, mafiosos. Votantes que actúan como pedigüeños. Individuos sumidos en una profunda estupidez, y que, como perros hambrientos, esperan las elecciones para cambiar su voto por un plato de comida. ¡¡ASÍ NO SE PUEDE!!

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El gran filósofo Platón, que no era ningún imbécil, cuando ideó un sistema político perfecto no pensó nunca en la democracia sino en un gobierno de sabios, consciente de que la democracia es manipulable y suele caer en manos de los incompetentes y los malvados, como ocurrió siempre en la Grecia Clásica y ocurre en nuestros días. España es, probablemente, la mejor prueba existente en el mundo para demostrar que una democracia falsa y débil, cuando es gestionada por mediocres, termina convirtiéndose en una dictadura de incompetentes y, a veces, de canallas y delincuentes.

Los que se sientan en los sillones del Congreso y el Senado afirman representar al pueblo, pero solo representan a sus partidos, a los que rinden cuentas y a los que miman para seguir figurando en las listas electorales. Los partidos políticos, que deberían ser palancas para que los deseos y aspiraciones del pueblo lleguen al Estado y se conviertan en realidad, son aparatos mafiosos mas interesados en su propio poder y privilegios que en servir al ciudadano y al bien común. Los gobiernos son fruto y consecuencia de ese mundo pervertido donde nadie representa al ciudadano y el egoísmo y la avaricia corrupta han suplantado al interés general. Ese gobierno ya nace pervertido, suscrito a la mentira, al engaño, a la manipulación y a casi todos los vicios contrarios a la decencia. Todos ellos, desde los diputados y senadores a los altos cargos y gestores, incluyendo las altas instancias del poder gobernante, representan, como mucho, a esa muchedumbre manipulada y engañada que se comporta como esclava y que sigue votando a sus verdugos cada cuatro años. De ese modo, la teórica democracia se transforma en dictadura de mediocres y el sistema evoluciona rápidamente hacia una oclocracia y, en el peor de los casos, cuando la corrupción, como ocurre en España, se dispara fuera de control, en una coprocracia.

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