
Batjin y sus discípulos acentuaban la irreverencia, chabacanería, humorismo ácido, lo grotesco, soez y sublime, la flor alquitranada y sal gruesa en la destitución y caída de tabués, la transgresión bruta y prototípica e intuitiva de lo «bonito», «correcto», «decente», acentuaban la estética de lo feo que triunfa y define la cultura popular, una cultura que postula «otro» Orden. No sé hasta qué punto este pionero visionario creyó en sus propios mitos o razones.
Pero la cultura popular, vano decirlo, sin ser cultura de ceja alta o de cultura media, es «cultura» (palabra polisémica -muchísimo- que necesita soberana precisión) cultura a veces de gran atrevimiento y no pocos veces fuente de la «alta» cultura.
Pero ayer estuve toda la noche leyendo. Y sin aquella impresión desoladora y rotunda de cama con las sábanas deshechas y sucias, y con manchas de lefa, sin estar rodeada de botellas vacías por el suelo, ni hedor mezclado de tabaco y sudor inundando la habitación. Todo limpio. Todo reluciente y ordenado.
Me gusta esta pax burguesa con cara y ojos. Paz a los hombres, queridos. Busquemos palabras sensatas y bien inspiradas que no vacilen como una amarilla y peligrosa llama de gas; palabras de esmalte de Limoges, palabras –frente a lo liso tonto o lo elemental vacío y vulgar- que sean a la verdad lo que un medallón de ágata a la belleza. Palabras como el leve susurro con que te arrebujan las mantas. Palabras blandas de gatito, nacidas en las horas que amanece.
Las habitaciones que dan al jardín, encaradas al norte, son tibias y nada glaciales. Embaldosadas de mosaico, hacen el efecto de tener una barra de fresa cálida en la suela de los zapatos. Las chimeneas no dan humo; están bien construidas. No solo se está bien en la cama . Sacar la nariz o los brazos del embozo quiere decir quedarte derretido de placer. Esta es la casa ideal de las palabras.
