
El que no llega a ver bellos colores (azul cobalto, Prusia y púrpura; rojo grosella cruzado con verde agrisado) o hermosos cuerpos (leptosómicos, atléticos, pícnicos), no es más desgraciado que el que carece de la fama y la realeza. El desgraciado es el que no halla la belleza; solo acompaña la belleza (acaso una lluvia donde se pierden los pájaros, una muchacha con blusa blanca en verano, los álamos coloreados en un continuum de latidos rítmicos, las mañanas en que no faltan los besos); para obtener la belleza hay que dejar los dominios de la tierra entera y baja, del mar y del cielo, altos, pero breves; si, gracias a esa renuncia, a esa displicencia, a ese grave desaire, puede uno entonces, si los vientos son favorables y no contrarios, dirigirse a la belleza empírea y supralunar, y así contemplarla.
Cerremos los ojos y miremos de manera no ordinaria. El recubrimiento de los objetos en una sociedad mercantil, invisibiliza su resplandor y aura innata. Somos felices si percibimos la belleza, y desgraciados si experimentamos fealdad. Belleza es destino o incluso carácter. Ama y haz lo que quieras. Ama las colinas sombrías inundadas de «acivros» prensiles húmedos de los cañones del Sil. Ama la rosácea y refrescante compañía que durante más de cincuenta años gozaste con mamá. Ama, bajo una lluvia de drupas y hojas, a los jovencitos bailando. Ama el tiempo lento y lejano que brilla. Ama los sueños amarillos que te arrebatan el miedo.
