Oceanografía del tedio 71

Cuando escribo asoma un duendecillo travieso que se despereza, aguza su vocecita grave a mi oído, y me susurra serio, o murmulla implacable: «me gusta/no me gusta», «aprobado/suspenso». Ese juicio estético del crítico del aire poco cambia sus frecuentes notas negativas. Lo dramático es que también el diosecillo musita o murmulla o dictamina -no se refrena- como un profesor sádico, cruel, y me incita a romper lo escrito.

Vivo aislado. Me encierro y nadie viene a molestarme. El crítico pica espuelas a su caballo, huye a rienda suelta, y vuelve ya enseguida, casi al instante. Oigo sus ruidos expresos que maltratan mi soledad. Me atormenta. Me detiene cada vez que intento expresar completa una idea. Y detesta mis zapatillas de terciopelo azul, el alambique donde mixturo prosa y poesía.

Me limito a callar, con rictus ceñudo. Se engarfian sus dedos anillados y me llama «repelente», «mediocre» e «insoportable». Me tira del borde de la barca. Me hace sentir como un durmiente arrastrado a oscuras y peligrosas playas, a escarpados acantilados.

Dice que con el lenguaje solo sé elaborar masillas engorrosas, y que desembucho al buen tuntún. Dice que solo fraguo psicología popular, panfletos de tertuliano y sueños de revista de moda, o bien amor romántico de cliché y hojalata. Se recrudecen sus vociferaciones. Geniecillo puntilloso y exigente, anguloso, con sus uñas de pájaro, no cesa de sobrevolar sobre mí. Hideputa.

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