Oceanografía del tedio 74

Infancia: casa sonriente y cómoda en Barcelona: guirnalda de glicina, aguamarina de paronomasia, como un epitelio en la pausa prosódica de una frase. Ahora vivo en los anchos y jubilosos cañones del Sil. Las cumbres de las montañas inflamadas de Luna, en laderas sombrías frescos y crespos herbazales, hilados de telaraña entre los pinos, herbarios argentosos. Antes, la impresión de perennidad, de eternidad, ahora la paz imperturbable -intemporal- de ser un culto propietario en el campo.

Una niñez mimada y nacida en la edad perfecta, casi cubierta por un manto de fuego rojo y oro. Es ley que el hombre no dure. En el hondo aire violeta, a lo lejos, la extraña voz trinadora de los pájaros. Escribir y leer. Se acerca el otoño. Los manzanos irán perdiendo la «florissalla». Colma la paz. La paz que me aguarda (bienvenida) enterrado en estas montañas.

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