
Deseo la gloria. Un copo de nubes que se apoya sobre el encaje de dos aserrados. Perdurar más allá del atardecer, tras el acuciante (y bostezante) insistir de unos pocos dioses. Auto-regenerarme, y, como una propina de oro, como sílabas que restauran y salvan mi vida, derivar hacia la noche y su memoria.
Lo sé; todo acaba bajo las magnas soledades del mar. Imposible que las sierras se doren con rayos de sol solo míos. Tras la portezuela última, NO asomarán mis ojos miopes, enfermos y vidriosos.
Tengo escrito que el anhelo de inmortalidad (para quien objetivamente, como yo, no la merece) es un deseo banal, inmaduro, pueril y adolescente. Viví entregado al Arte, no sobrevivirán ni unos grumos de mi pequeño arte tras mi desaparición. Pero deseo -permítanme la fatua contradicción- que me acoja ese misterioso refugio sagrado, y ser algo distinto al olvido tras mi miserable vida.
