
La biblioteca de mi infancia era un aposento alto, con estantes de madera oscura que exhalaban el aroma seco de los tomos viejos de papá y mamá. Los lomos de los libros brillaban como escamas de un pez bajo la luz oblicua que entraba por los ventanales altos. Cada volumen parecía contener un universo plegado sobre sí mismo, y yo pasaba las horas deslizando la yema del dedo por los títulos dorados, soñando con los mundos que aún no me atrevería a leer. En un rincón, un globo terráqueo ligeramente polvoriento giraba en silencio, y el crujido del parquet acompañaba mis pasos como un compañero cómplice.
No sentía mayor felicidad que quedarme en la biblioteca, con la puerta cerrada, sumergido en la lectura. La biblioteca no era más que una colección de simétricos estantes, pero allí viajaba más lejos que en cualquier tren o avión o barco, con mis libros como única brújula.
Ahora, en mi gabinete o despacho de mi pazo orensano, la habitación está tapizada de estanterías repletas de libros encuadernados en piel, cuyos títulos centellean débilmente a la luz tamizada. Hay en el aire un perfume leve de cuero viejo y papel, y el silencio del lugar parece preservar no solo las palabras impresas, sino también los pensamientos que yo he depositado allí con cada lectura. Aquí se justifica mi vida y soy feliz.
