Oceanografía del tedio 79

La casa estaba oculta entre una maraña de árboles y arbustos (encinas, retamas negras, lentisco) como si, por algún designio adivinatorio de la naturaleza, hubiera evitado la rugosidad y neuropatía del mundo exterior. Su fachada, una mezcla insólita de piedra gris y mármol sutil y hermosamente envejecido, mostraba una serenidad praxiteliana, como si no fuera un mero refugio, sino una dulce prisión disimulada bajo una capa iridiscente de «tempus» campestre. Los ventanales, amplios y apolíneos, cartesianos, algebraicos, parecían ojos que observaban sin parpadear, filtrando la luz en finos hilos áureos con vetas de pez plata que, al atravesar las cortinas de seda, o los cortinajes de terciopelo, daban al interior un aire de ensueño: un sol pálido, quebrado en fragmentos como rodajas de fruta joven y ácida.

La casa se alzaba en un rincón apartado de Barcelona, como una reliquia hacendada y señorial y culta de otra época, sus muros cubiertos de enredaderas que parecían intentar mantener suspenso el «tempus fugit». Desde la entrada, los pasillos se extendían en direcciones levemente -o aparentemente- arbitrarias, envueltos en la penumbra que se deslizaba por las paredes pardas, cuyas vetas, casi invisibles, parecían hablar en murmullos de epigramáticos poetas latinos. El aire que se respiraba allí tenía un carácter denso, impregnado del aroma a cera imaginario de mis abuelos y bisabuelos, y a un poquito de polvo que se acumulaba sobre los muebles antiguos, cuyos bordes y superficie, aunque cuidadosamente pulidos por la doméstica, tenían un dejo de abandono, como si la casa, a pesar de su belleza exterior e interior, hubiera comenzado a ceder lentamente a la incuria de los años.

Las habitaciones, amplias, tibias y solemnes, estaban adornadas con tapices de colores desvanecidos que se deslizaban con la «suavitas» de yemas que se escurren sobre la piel de una rubia amante mítica. Las alfombras, de un tono rojo mate, flordelisadas, cubrían el suelo con una euritmia que invitaba a caminar sobre ellas con una lentitud reverencial, como si el propio suelo de la casa se negara a olvidar la huella de los pasos eruditos y magnos que en él se habían detenido.

En el salón principal, una gran chimenea de mármol blanco dominaba la escena, y el fuego crepitando era un eco jaspeado para mantener a raya la fría indiferencia del invierno que conquistaba la soledad de los exteriores oscuros, apaches y extranjeros. Las ventanas, cubiertas por pesados cortinajes de terciopelo, dejaban entrever un mundo externo opaco y distante y maledicente, como si la casa quisiera proteger a sus moradores del paso inclemente de la estupidez o de los lugares bárbaros, sumergiéndolos en un espacio donde lo único que importaba era la permanencia de los objetos, la quietud intemporal de las horas que, a medida que se deslizaban en ondas verde-naranjas, se volvían cada vez más felices e irreales.

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