Oceanografía del tedio 80

Recuerdo las delicadas crepas de mi niñera, y la suave fragancia de los pasteles de crema que mi madre solía hacer. Ay, mamá, mamá, cuando me servías una rebanada de pastel de manzana, y mientras lo comía, sentía una mezcla de dulzura que se convierte ahora en desesperación y morriña.

El pato, tan ricamente condimentado, era un símbolo de nuestra nula decadencia, de nuestro máximo esplendor. Y las fresas maduras, que mi madre -siempre tú, mamá- recogía con tanto cuidado, y que me traen a la memoria las tardes doradas en las que nos reuníamos en el jardín, o en la casa, durante el verano, de Orense. O el menú de aquella noche que parecía haber sido compuesto no para satisfacer el apetito, sino para crear una atmósfera de lujo: ternera asada, foie gras, pescados exquisitos, y una gran variedad de postres, entre ellos, una crema catalana que me hizo recordar las tardes en las que la familia solíamos visitar los alrededores de Tossa de mar. O las terrinas de trufa, langostas con salsa de champán, y para terminar, una tarta de frutas sin asomo -el punto exacto, el punto deliciosamente soportable- de carga de azúcar.

Cocina con ciencia. El roast-beef tierno, las coles con su chispa exacta de sal, el color y la forma bailarina de la cerveza muniquesa, «mel i mató» con un puñadito de nueces, kokotxas limpias y sazonadas, cocinadas a la plancha, vuelta y vuelta, con un poco de aceite y untadas ligeramente con el mojo (50 g de aceite de oliva, 1 tomate pequeño asado,1 cebolleta asada, 25 g de almendra tostada, 1 ajo frito, una pizca de vinagre de Jerez, 1 gota de agua de azahar, sal y pimienta)

Todo acabó. La cultura, la alta burguesía misma, pasó a ser una parodia de su pasado. Lo que ha sido grande en la historia del arte, de la cultura, de la moral, del pensamiento, ya no es más que un resto podrido, un vestigio decadente de lo que una vez fue. Radiación basura del televisor. Sopranos calvas y afónicas. Analfabetos periodistas. «El mundo que he conocido ya no existe, y lo que queda de él está en ruinas, como un teatro donde sólo quedan escombros», Proust. La cultura moderna no es más que una máscara que oculta un vacío gigantesco; una máscara que se cae poco a poco, y detrás de ella no queda nada. Ilotas de la palabra. Música para vándalos. Literatura para párvulos. Escritores de estilo «borderline». Lo señaló Ortega: «Cuando la masa se adueña de todo, lo primero que hace es arrasar la cultura».

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