Oceanografía del tedio 82

«Toda cultura tiene un comienzo, una madurez y una decadencia. Occidente ha alcanzado su fase final: el invierno de la cultura, cuando las formas vitales se marchitan y todo lo que queda es una burocracia impersonal y un arte de la imitación», Spengler. Y también: «»El Occidente ha agotado sus grandes formas culturales. En lugar de una verdadera nueva era, solo vemos la decadencia de las viejas instituciones, que ya no sirven para dar vida a una sociedad vibrante». En efecto, la espiritualidad se marchita, e, insensiblemente, se transforma en formas agotadas, estériles e impersonales.

O bien Nietzsche: «La decadencia de la civilización comienza cuando la vida, en su vitalidad más profunda, se vuelve algo temido. Los valores que glorifican la debilidad, la sumisión y la sumisión al ‘otro’ están destruyendo todo lo que es vigoroso en el espíritu humano». Y asimismo: «Lo que se denomina ‘decadencia’ es simplemente un proceso de transformación. La civilización occidental ya no puede vivir bajo los viejos mitos; es hora de que busquemos nuevos dioses». En efecto, bajo esta fraseología mesiánica, creo que la fuerza creativa decrece y la transición hacia valores más vitales y leonados, atigrados, se estanca.

Toynbee: «Las civilizaciones no se derrumban por invasiones externas, sino por el fracaso interno de sus valores y su capacidad para renovarse». Y «El peligro de la decadencia está siempre presente cuando las sociedades se olvidan de los principios que las hicieron grandes. La civilización occidental se enfrenta al mismo desafío que otras civilizaciones que ya han caído». En efecto, nos desconectamos de los principios fundacionales, originarios.

Y nuestro Ortega y Gasset: «La decadencia de Occidente comienza cuando el hombre de cultura ya no es el centro de la vida social, sino que es sustituido por la masa que no sabe ni quiere saber». O bien: «La crisis que vive Europa hoy es la crisis de la civilización occidental misma: la sustitución de los valores de la cultura por los intereses de una multitud irresponsable». En efecto, la mediocridad desplaza a la élite intelectual, la primacía de las masas, con sus intereses superficiales, lo reduce todo a escaparate, poder y fama, y la tecnología nos desconecta del ser y de la verdadera cultura. Nos impulsa algo así como el auge de lo banal, verificado incesantemente.

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