
Nada se pierde, todo está contenido en el espíritu, hasta el más mínimo temblor y color de la infancia. Todo permanece vívido y claro, pues una parte de mí aún vive en el cuarto de los juguetes, entre soldados de plomo y mapas del mundo, entre Tentes y Geypermans, entre Scalextric y conchas pulidas por el mar, como caramelos, pequeños fragmentos de cerámica, aún hermosos por su esmalte y color, entre gomas Milán y lápices Alpino (lápices de colores; el lápiz verde se podía utilizar para dibujar un árbol agitado o un cocodrilo sumergido, con el blanco garabateabas lo que quisieras, pues casi no dejaba marca en la página, con el lápiz rojo esbozabas el horizonte de un mar donde se hunde el sol), entre Zipi y Zape y Stevenson, y Salgari y Enid Blyton, y Verne, Dickens, Dumas ETC… (una literatura en la cabecera de la cama, gruñendo y lanzando dentelladas de indecible placer). Infancia, el verdadero hogar.
Era un niño alegre y lleno de brío, saboreaba con igual fruición tanto los helados (nata, fresa, vainilla) como los paseos, las tardes para leer en el pequeño bosque de pinos o momentos de siesta bajo los artesonados de mi habitación. La vida vivaz, entera y certera. La vida fresca, y el verano, el bien, la pureza. Querida, dulce, inolvidable infancia… ¿Por qué ese tiempo irrevocable, por siempre ido, parece más brillante, más festivo y más rico de lo que realmente acaso fue?
NOTA BENE: En mi pre-adolescencia las cosas se empezaron a embrollar debido a mis problemas mentales. Necesitaba compañía y cuidados, pero me corrompía la soledad. Ese estado mental se convirtió en incurable (y aún perdura) Con el tiempo fui consciente que es en los momentos de enfermedad cuando nos vemos obligados a reconocer que no vivimos solos, sino encadenados a una criatura de un reino diferente, a mundos de distancia, que no tiene conocimiento de nosotros y a la que nos es imposible hacernos entender: nuestro cuerpo, y, una parte del cuerpo infinitamente más compleja de entender, nuestra mente.
Con un libro en la mano la soledad me oprime menos; leer tiene cualidades ligeras y fertilizantes ¿Dónde estoy? ¿dónde comienzo y termino yo? La verdad, todavía no sé responder exactamente a esas preguntas. Estar solo, estar en silencio, pensar, bueno, ni siquiera pensar. A los trece años empezó mi decadencia. Ahora, si no me engaño, nada en el mundo me gusta tanto como la soledad. Soy feliz solo en el campo. Me encanta pasear solo por sus bosques. Me encanta salir solo por la noche. Me encanta esconderme de las visitas. Me encanta pasear entre sus árboles y meditar el qué y el cómo escribiré lo que escribiré. Perdonen mi existencia animal.
