
Admitámoslo: soy un señoritín de provincias. Solitario, lector y escritor tardío (empecé a publicar al advertir, con certeza matemática, que no soy más tonto que otros escritores que reciben unánimes aplausos; así que, me senté en mi despacho, y escribí mis libros)
Creo en la aristocracia intelectual y denigro a la de sangre. La excelencia intelectual es fruto de un hábito difícil e hija, asimismo, de la naturaleza, y creo, también, que el que no ama las letras aristocráticas, está condenado a fatal vulgaridad.
Detesto genéticamente la vulgaridad. Y defiendo la excelencia frente al dominio de la masa: “La masa arrolla todo lo diferente, egregio, individual, calificado y selecto. Quien no sea como todo el mundo, quien no piense como todo el mundo, corre el riesgo de ser eliminado”, Ortega.
La democracia extiende el círculo de igualdad, pero aplana los espíritus (el espíritu jamás puede ser democrático) El saber crea jerarquías legítimas. La aristocracia de la inteligencia no se hereda, se conquista. Como acertó Thomas Carlyle: “La verdadera aristocracia es la de los hombres que saben pensar”.
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Los propietarios rurales solemos asociar la paz con el ritmo lento del campo, en contraste con el bullicio urbano. La serenidad se encontra en los ciclos de las estaciones (los días iguales), el amanecer sobre la tierra propia y la eficacia del trabajo agrícola de tus peones.
El campo tiene una dulzura en cada estación, y, aunque el invierno puede ser áspero, también ofrece la serenidad de lo inevitable. El campo pacifica el corazón, y es el lugar donde los hábitos se forman y el carácter se prueba, lejos del ruido de las ciudades.
Oigan como el canto de la alondra atraviesa la bruma matutina. Como escribió John Clare, conocido poeta campesino -y que enloqueció-: “Los campos eran todo para mí: libros, iglesia y hogar”.
El paisaje orensano, aquí en los cañones del Sil, es agreste, húmedo, sombrío, con fragas que parecen guardar secretos arcanos. Olor a tierra húmeda, a hierba recién segada, a humo de chimenea.
Pero en estas tierras, escribiendo y leyendo, con cerebro duro a causa de mi enfermedad, pero con pulso líquido, a veces logrando una soledad maravillosamente sosegada, aquí deseo morir, y, pese a la lluvia, de modo luminoso y puro.
