Oceanografía del tedio 93

La literatura, el lenguaje, las palabras, ay, cómo podría explicarles la pasión funesta de luna ática cara a la brisa que me provocan, ese humear imprudente y obseso que me quema en los dedos ante ellas.

Como si vagara por un barco antiguo, viendo los montones de cabrestantes, las piezas de la máquina, el ardiente resplandor, el sentimiento de un movimiento cadencioso, las chispas que saltan de la chimenea, los marineros inmóviles en la rueda del timón, la cabina del capitán, un inglés con salacot, señoras hermosas y rubias que beben coñac, los músicos tocando melancólicamente un aria italiana… Singapur, Ceilán, Malta, Barcelona, Venecia, y las partículas de la gramática en el cuadrante de la mañana, y galopante la sangre en el glande de un adolescente.

***

Mi maestro Álvarez llegó a la conclusión de que los únicos dioses respetables, los dioses propicios de la noche, son «los que otorgan mujeres y lecturas». Sólo a ellos merece la pena encomendarse, brindando por la cultura que «permite salvar cuanto hay de noble». Je sui ese «dilettante» a quien José María Álvarez hace exclamar en «Signifying Nothing»:

Era la Cultura.
La gran Concordia, la Armonía.
El único sentido de vivir.

Si,
la Cultura, el Arte
la cima de nuestro paso
lo mejor que hemos hecho.

El conformismo en la expresión y en las ideas toman en el mundo contemporáneo innumerables variantes y disfraces, pues exigen del lector la servidumbre. NO A TODO.

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