
20 de septiembre
Como que me cuesta leer, escribo y recuerdo. Recuerdos bien ordenaditos en los estantes, recuerdos como un agradable cosquilleo en los pies. En estos momentos el aire de mi habitación se llena de música (la «Música para los reales fuegos de artificio», de Händel) Deseo que se transfiera esa belleza a mis dedos mientras tecleo esta nota.
Recuerdo aquel cuco, familiar y modernista hotel de Sitges donde pasábamos muchos fines de semana: el laberinto de pasillos, de habitaciones secretas, salones, vestuarios, alacenas y galerías. Las mujeres huéspedes, en especial inglesas y francesas; las primeras, rápidas y nerviosas, las otras, blandas y lentas.
No es sencillo concretar las primeras vivencias de una existencia; supongo que el odio y la angustia llegaron muy tarde y primero reinaron el placer, el juego y la imaginación. Recuerdo el florecer de margaritas de tallos muy largos. Y rosas y sus hojas verdes deshojadas por la brisa. El atisbar resplandores en un valle de mirtos.
Los primeros pasos de la vida son algodonosos. Recuerdo los armarios de luna del cuarto de mis padres donde se reflejaba la perrita Nikita. Y aquella nebulosa originaria de palabras enhebradas a la conversación, la sensación de conversar y oír conversar, que tanto contrasta con este silencio actual que trepana mi cerebro.
La rutilante felicidad que empezaba.
