
-¿A qué se dedica ahora? ¿Su desencanto es horaciano?
-La denuncia de esa amplia masa de adictos televidentes que alimentan su débil imaginación y llenan su vacío pensamiento con los productos más insustanciales que les proporciona la ya no tan pequeña pantalla, quiere ser una reivindicación de algunos valores muy nuestros que, en estos días, están en peligro. Me refiero a esos comportamientos orientados en el sentido inverso al camino que nos traza la publicidad: la publicidad traza un mundo masificado, mecanicista, agresor de la naturaleza y lleno de tensiones bélicas; metas opuestas a nuestra cultura del sur, a nuestra manera meridional de entender la vida. Detesto ese mundo comercial y publicitario.
Tienen razón algunos filósofos cuando afirman que no podemos descalificar la mediocridad de una manera absoluta; que no podemos menospreciar la aspiración a una existencia serena, apacible y tranquila, ni desestimar el deseo de una vida alejada de la convulsión febril; que no podemos censurar el proyecto de una vida sobria, dedicada al ocio fecundo, alejada de las inextinguibles ambiciones, retirada de la agitación nerviosa y apartada de la luchas feroces por el poder.
Yo también apuesto por esa mediocridad calificada de dorada -«aurea mediocritas»- que, desde que la proclamó Horacio, ha sido celebrada por los poetas y ha constituido, para muchos, una fuente de bienestar íntimo y de felicidad honda.
Aunque a veces los critiquemos, en el fondo anhelamos seguir el ejemplo de tantos paisanos nuestros que prefieren ganar menos dinero y disfrutar tranquilamente del tiempo. Probablemente sin saberlo, están imitando a Horacio cuando rehusó el cargo de secretario de Augusto para permanecer en el campo y defender allí su tranquilidad y su ocio sin molestar a nadie en provecho del cultivo de sus letras y de su filosofía, para dedicarse a sus poemas, (“Dichoso aquel que de pleitos alejado…”), a esos versos que sirvieron de inspiración a Garcilaso en la “Flor de Gnido” y a Fray Luis de León en su “Oda a la vida retirada” que comienza con estas palabras: “Qué descansada vida / la del que huye el mundanal ruido / y sigue la escondida / senda por donde han ido / los pocos sabios que en el mundo han sido”.
Giordano Bruno dice “para el verdadero filósofo, toda tierra es patria”. Recuerdo haber leído esa frase en la Biblioteca Nacional de Francia. Yo ya la conocía de cuando era estudiante, pero, al leerla en aquel lugar, comprendí de verdad el significado. Mi patria es el lugar donde tengo libros, donde puedo pensar y donde puedo hablar con profesores y lectores a los que respeto. Mi patria es el lugar donde puedo hacer las cosas que amo.
Siempre me gustó mucho una frase que leí de joven en la novela «Memorias de Adriano» de Marguerite Yourcenar. Adriano dice: “Mi primera patria fueron los libros”. Mi patria son los libros, mi casa es la casa donde tengo mis libros, en Nogueira de Ramuín, en Orense, a cinco minutos de un bosque donde paseo. Para mí fue muy importante la escuela, por eso batallo desde hace años para defender la educación de la deriva mercantilista de hoy. El valor fundamental es hacer comprender a los estudiantes que no se estudia para ganar dinero o para un título, sino para ser mejor. Para mí, leer siempre fue una manera de viajar con el pensamiento. Leyendo podemos vivir más vidas. Es una experienca maravillosa.
Mi desencanto es horaciano. Tira de mí un anhelo de paz, o del goce de la soledad en el retiro de la naturaleza, del disfrute de la serenidad (epicúrea y estoica) y su amor a la dorada medianía. Sí, mi desencanto y meta es hondamente horaciana.
