Libro de las deposiciones 27

Otoño, efluvio de las amapolas dejando cenizas de rojo caramelo a las mieses, otoño que hinchas la calabaza y la avellana, cristal expandido en llamaradas de paneles de oro por los caminos de mi aldea orensana.

Es hora de los estudios nobles. Hora de no tirar por el retrete ni el Lenguaje ni la Memoria. No concebir la vida, mi vida, sin la literatura, sin escribir, o mejor, sin leer. Y obligarse a vivir sin lo tedioso, sin lo manido, con la esperanza de que nos puede suceder algo magnífico, que nos sacuda el alma, sentarnos en un café un día de sol, y ver pasar una adolescente de figura fuera de onda -perfectos pechos puntiagudos, piernas musculadas-, leer unas palabras que te remuevan las tripas, o ver un cuadro en el museo superando tu razón, representando lo terrible y lo ilimitado, traspasándote de éxtasis más allá de la racionalidad.

Y Tito Livio, Salustio, Virgilio, Cicerón, Lucrecio, Tácito, Quintiliano, Suetonio, Tibulo, Propercio, Estacio… fervor de imágenes turquesas en el aire, viejos lobos marinos con las velas desplegadas.

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