Falsas memorias 3

Todos usamos redes sociales. Pero al usar las diferentes redes sociales pactamos tácitamente con una serie de valores o mensajes que -en el fondo lo sabemos- son contra-valores y mensajes perniciosos.

Al usar redes sociales, al participar en ellas y llenarlas de contenido, asumimos que estamos a favor de ceder nuestra atención y pensamiento creativo y profundo por una especie de bucles adictivos skinnereanos. En las redes se mutilan nuestros estados de flujo (esa inmersión sumamente placentera que conoce cualquier pintor, escritor o escalador, donde se pierde la noción del tiempo), en las redes aumenta asimismo el cansancio físico y mental, se fomenta la distraibilidad y adicción (las redes son como una inmensa tragaperras), se impide el pensamiento ensoñado o divagatorio o errante (que nos sirve para solucionar problemas cuando a ese problema le sacamos el foco), y, en resumidas cuentas, admitimos el modelo capitalista descarnado de los «amos» de estas plataformas digitales.

En X (antes Twitter), nos comprometemos en creencias estúpidas o poco morales, a saber, que el mundo puede y debe entenderse en afirmaciones brevísimas (140 caracteres), que la comprensión de ese mundo debe ser rápida e instantánea, que no importa la verdad de la aserción posteada sino el número de asentimientos o «likes» a esa afirmación (la verdad se convierte en un hecho cuantitativo), y que el disenso amable y argumentado o educado no sirve, sino solo el exabrupto, el linchamiernto y el insulto.

En Instagram la enseñanza es pésima (especialmente para los adolescentes, con poca vida, por tanto, indefensos cultural e intelectualmente) Esa enseñanza es que lo que importa es como nos vemos exteriormente, nuestra apariencia física. Y, correlativamente, lo que importa a la gente como nos vemos externamente.

En Facebook, encontramos parodias huecas de amistad. Y «postureo». El mensaje implícito es que la vida existe para ser mostrada a los demás, o que se debe mostar de la vida solo los momentos más estelares y aparentemente brillantes (una felicidad de escaparate y targeta postal)

En definitiva, que nuestro enganche a las redes -yo el primero- muestra lo imbéciles que somos.

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