Falsas memorias 6

La compasión es la emoción desagradable que sentimos cuando nos ponemos imaginativamente en el lugar de otro que padece, y padecemos con él, lo compadecemos. Hemos empezado a entender el mecanismo de la compasión gracias a Giacomo Rizzolatti, descubridor de las neuronas espejo, que se disparan en nuestro cerebro tanto cuando hacemos o sentimos ciertas cosas como cuando vemos que otro las hace o siente. Las neuronas espejo de la ínsula se disparan y producen en nosotros una sensación penosa cuando vemos a otro sufriendo.

Los pensadores de la Ilustración, desde Adam Smith hasta Jeremy Bentham, pusieron la compasión en el centro de sus preocupaciones. David Hume pensaba que la compasión es la emoción moral fundamental (junto al amor por uno mismo). Charles Darwin consideraba la compasión la más noble de nuestras virtudes. Opuesto a la esclavitud y horrorizado por la crueldad de los fueguinos de la Patagonia con los extraños, introdujo su idea del círculo en expansión de la compasión para explicar el progreso moral de la humanidad. Los hombres más primitivos sólo se compadecían de sus amigos y parientes; luego este sentimiento se iría extendiendo a otros grupos, naciones, razas y especies. Darwin pensaba que el círculo de la compasión seguirá extendiéndose hasta que llegue a su lógica conclusión, es decir, hasta que abarque a todas las criaturas capaces de sufrir.

El pensamiento indio, y en especial el budismo y el jainismo, consideran que la ahimsa (la no-violencia, la no-crueldad, la compasión frente a todas las criaturas sensibles) es el principio central de la ética. En contraste con el silencio de la jerarquía católica, el Dalai Lama ha reclamado públicamente la abolición de las corridas de toros. Al rey Juan Carlos, ya desprestigiado por sus cacerías y latrocinios, no se le ocurrió otra cosa que salir en defensa de la tauromaquia. Acaso, no lo sé, debiera haberse identificarse con su antecesor ilustrado Carlos III (el mejor rey de nuestra historia), que prohibió las corridas de toros, antes que con el absolutista Fernando VII, que las promovió (el peor rey de nuestra historia)

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La insensibilidad es una epidemia que amenaza a nuestra especie, como la peste. Ahora, nos escandalizamos ante la esclavitud, aunque sabemos que en algunos países se practica, pero en 1820, el gobernador de Barcelona, una ciudad civilizada y cristiana, pedía información públicamente a sus ciudadanos sobre el número, condición y precio pagado por sus esclavos. En España no se abolió la esclavitud hasta 1886. Es cierto que solo estaba admitida en Cuba, pero Cuba era una provincia española. ¿Eran malvados quienes tenían esclavos? Con toda seguridad no se sentían así. Esa insensibilidad es la que me preocupa. La compasión es tan esencial a nuestra especie que es la única carencia emocional que se denomina “inhumanidad”.

La historia de las culturas incluye una tenaz lucha contra la crueldad. Somos una especie peligrosa, porque no solo podemos carecer de compasión, sino disfrutar con el dolor ajeno. Las luchas de gladiadores, los autos de fe, o las ejecuciones en el París revolucionario, eran concurridos espectáculos. Hale, en su» Historia del renacimiento» cuenta que la tortura se ejecutaba en púbico, y que en 1488, los ciudadanos de Brujas aullaban para que el espectáculo durara más. Johan Huizinga cuenta que los habitantes de Mons “compraron un bandido a un precio muy elevado por el placer de verlo descuartizado, ante lo cual el pueblo disfrutó más que si un nuevo cuerpo santo hubiera surgido del muerto”. Por cierto, en españa no se abolió la tortura judicial hasta 1812.

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La antesala de la crueldad es la deshumanización del otro. “No he matado a una persona. He matado a un empresario”, dijo un asesino etarra. Cuando una persona se reduce a ser miembro de un colectivo, comienza el proceso de deshumanización. Es un gitano, un homosexual, un inmigrante, un negro, un enemigo. Pertenece a otra nación, a otra religión, a otra raza. No es de los nuestros. No siento nada por él.

La compasión HA SIDO EL GRAN MOTOR EMOCIONAL QUE HA CAMBIADO LA IDEA DE JUSTICIA. Compadecer es sentirme afectado por el dolor ajeno. Precisamente, para intentar paliar el sufrimiento, que es el gran proyecto cultural de la humanidad, habrá que cambiar las leyes. Pero si nos instalamos en la insensibilidad, si nos atrincheramos en la legislación, no tendremos ningún motivo para hacerlo. Solo la angustia de no saber qué hacer, nos impulsará a buscar una solución.

Los seres humanos necesitan virtudes tanto como las abejas necesitan aguijones.

Los hombres y las mujeres deben ser laboriosos y tenaces en sus propósitos no solo para poder conseguir una vivienda, ropa y alimento, sino también para perseguir otros fines humanos relacionados con el amor, la compasión y la amistad. Necesitamos ser capaces de formar lazos familiares, amistades y relaciones especiales con nuestros semejantes. También necesitamos códigos de conducta ¿Y cómo podríamos conseguir todas estas cosas sin virtudes como la lealtad, la equidad, la amabilidad, en ciertas circunstancias la obediencia, en muchas ocasiones la compasión?

¿Qué podemos decir acerca de la compasión en la obra de Schopenhauer? Lo que podemos leer, cita resumen de sus ideas, en «El mundo como voluntad y representación», es lo siguiente:

«Lo que hacen la bondad, el amor y la magnanimidad por los otros es tan solo mitigar su dolor, y por consiguiente lo que puede mover a las buenas acciones y a las obras del amor es el conocimiento del sufrimiento ajeno, comprensible inmediatamente a partir del propio y equiparado a éste. De aquí se infiere que el amor puro (agape, caritas) es con arreglo a su naturaleza compasiva», p. 476.

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