
La fruta verde indigesta; nada mejor que la sublimación de la fruta madura en una compota. La Generación Z ha cambiado la percepción de lo que significa ser adulto: ya no identifican los 18 años como el inicio de esta etapa, sino que sitúan ese momento alrededor de los 27 años, cuando consideran que vida, dinero y futuro se sienten realmente “reales”.
Ser adulto es no adolecer de falta de experiencia, propender a una cosmovisión realista, conocer tus poderes y limitaciones (el autoconocimiento -tentativo al menos-), ir elaborando o desarrollando tu personalidad sin ingenuidades, asumir y conocer los propósitos, honrar aquellos valores de la naturaleza próximos a nosotros que nos definen (para honrarlos y acercarlos debemos ser adultos y conocerlos previamente), tener flexibilidad e inteligencia en el cambio (el último cambio, el definitivo, la muerte, debemos sabiamente -aunque duela y cueste mucho- comprenderlo), evitar absolutismos simplistas o puerilidades implícitas.
Un «puer aeternus» es totalitario y napoleónico, poco avispado para el matiz y las visiones no gregarias. Viven abstracciones en blanco y negro, sin grises, viven un vitalismo desenfrenado e impaciente, y todo aureolado con una energía caótica.
La madurez es la capacidad de pensar, hablar y actuar según tus sentimientos dentro de los límites de la dignidad. La conciencia de la ambigüedad de los mayores logros (así como de los fracasos más profundos) es un síntoma definitivo de madurez. También cuando eliges guardar silencio en lugar de darle explicaciones a alguien que no valora tus palabras. O el arte de retirarte con gracia.
La madurez lo es todo, dijo Shakespeare. Una lejanía cenicienta, acaso. Los restos de la guerra cósmica del espíritu.
