
Con dos infartos a cuestas, sigo engordando, sigo con mi vida sedentaria, alimentándome mal, y fumando paquete y pico al día. Busco la muerte (deseo morir sin la intención de quitarme la vida)
La muerte. El camino que cruza el prado cubierto de hierba aplastada y en sus bordes vemos tomillo y como un llanto de lagrimitas de un rojo oscuro, sin las cuales un día de verano no lo es del todo. La muerte. Zarpas de terciopelo, desenvueltos golpecitos en una campana de cristal. Salón de música donde suena la pianola nueva. Adagio acreditado por la tradición. Oigo ya esa ciudad desconocida y llena de sugerencias, cercana y remota; amenaza y promesa al mismo tiempo; un sonido grave e incesante sobre el que brillan y parpadean luces invisibles: un esplendoroso torbellino lleno de colores y visillos rosas. La muerte es un ajuar de novia, una opereta italiana, el montón de cenizas del imperio, el sueño que será una noche largo sueño.
Como buen cobarde falto de vitalismo, morí muchas veces antes de morir; los valientes nunca prueban la muerte más que una vez. «A los vivos debemos respeto, pero a los muertos sólo les debemos la verdad», Voltaire. Mark Twain: “El miedo a la muerte surge del miedo a la vida. Un hombre que vive plenamente está dispuesto a morir en cualquier momento”. Moriré lleno de cicatrices. Incluso la muerte tiene corazón.
La muerte. Secreta pasión por Mozart, sentarse en la ventana que da al muelle y sorber ajenjo, nenúfar bien abierto, chisporroteante leño en el hondón de la casa, y mariposas junto a la cama, y helada limonada verde sobre la barra.
