
Soy muy solitario, terriblemente -máximamente- egotista (eterno parloteador de mí mismo), pero apenado por mi embotamiento afectivo. Me cuesta «sentir», «conectar», «empatizar». Vivo como enclaustrado en el círculo de un yo de caoba polvoriento y agrietado. En un capuchón de acero empapado de insensibilidad.
Casi soy solo sensible al lenguaje. Tengo como una sinestésica audición coloreada respecto a las palabras. «Veo» palabras verdes con figuras rechonchas, palabras magenta cosidas a jubones, palabras azules que visten mansos zapatos de charol. Para mí hay consonantes de día («f», «y», «l») y vocales de noche («i», «e»); hay expresiones que arrastran espejos iluminados por luz de un fulgor matutino, otras que afligen como una adolescente que no sonríe, expresiones con fauces de tigre llenas de sangre.
Me gustaría no ser solo sensible al lenguaje, sino a lo que designa, a lo que refiere o nombra, el mundo, la realidad, la vida, los hombres, las cosas. Estoy encerrado en una nocturnidad acuática y autista, encorvado sobre mi yo mayúsculo y enfermo. Perdonadme.
