
A Esperanza Casteleiro
De este profundo antagonismo (entre la cultura y la crítica política) habían brotado las ideas de reforma mantenidas por Isócrates en el «Areopagítico» y en el «Discurso sobre la paz». Ahora en su gran discurso de defensa abogaba abiertamente en pro de sus ideales educativos. Su defensa culminaba en la idea de que la verdadera educación era incompatible con una sociedad dominada por demagogos y sicofantes (a la masa le sublevaba la creación de una aristocracia espiritual en lugar de la antigua nobleza de nacimiento, que había perdido ya importancia) Pretende demostrar que ese tipo de educación no contradice el espíritu de Atenas. Los estadistas que hicieron grande a Atenas no eran gentes de la actual calaña de demagogos y agitadores. Fueron hombres de elevada cultura y espíritu superior los que expulsaron a los tiranos e instauraron la democracia y vencieron a los bárbaros y unificaron a los griegos. No eran hombres exactamente iguales que los demás, sino hombres que descollaban por sobre los demás. Honrar, amar y cultivar esas personalidades excepcionales: tal es la exhortación con que termina el discurso de Isócrates.
Deseo ser tomado por Isócrates con benevolencia. La música que ahora me acompaña es la del compositor bohemio del barroco Heinrich Ignaz Franz Biber, de quien se ha dicho que fue premonitorio para Bach. Escucho sus fascinantes «Sonatas del Rosario», con esa hipnótica «passacaglia» final, la única pieza, junto con la primera, que no requiere «scordatura».
Recuerdo que, una tarde de domingo, un verano, tuve la posibilidad de visitar la escalinata de la iglesia de Castellbell i el Vilar. En las rendijas de los escalones crecían malezas y frondosas hierbas. Al cementerio tras el muro lo invadían hierbas salvajes. Eché una ojeada y no vi más que pobreza. Pobreza que parecía más pobre de lo que acaso era en realidad. El símbolo con la cultura occidental me pareció directo y evidente.
¿Qué es la cultura occidental? La adoración, el embeleso por la «Virgen Inmaculada» de Murillo en el Louvre, nombres como Braque, Chagall, las tazas de café bajo los toldos de los bulevares, las chicas con su culta e inolvidable sonrisa, Elisabeth Leonskaja interpretando a Schubert, o el frenesí de olas del campo de Wordsworth, o el temblor de laberintos herrumbrosos de las largas frases de Proust.
El abismo entre el individuo (pocos) y la masa (casi todos), entre la cultura y la incultura, es ya insondable. El ideal de estado que expresa Isócrates, también lo expresó Polibio o Cicerón en «De republica». Ríos contaminados de demagogos, analfabetos y sicofantes nos anegan. La mesocracia avanza, el tropel de la oclocracia avanza a golpes y devasta, definitiva e incontenible. «Lasciate ogni speranza, voi ch’entrate».
