
a Patricia Ortega
Ganduleo. Días de ánimo ciclotímico. Visto mi traje de franela gris con las perneras abolsadas sobre los zapatos. Pese a mi pobre aliño indumentario mi mente está en el hotel Montreux Palace, a orillas del lago de Ginebra, hotel muy popular entre la aristocracia rusa del siglo XIX. En mi chambre de débarras, una especie de trastero informal, se apilan los libros leídos, pero que me gustaron poco. No he escrito ningún poema.
Recuerdo cuentos de hilo dorado de mi niñez. Paseo por caminitos sin suelo guiado por un zahorí. Palabras de niño de risotadas salvajes. El sol brilla, abetos de montaña y cestas de huevos. Misterioso amor del corazón caliente.
No considero que mis acciones ni mis conocimientos sean algo grandioso. Lo único cierto es -y lo digo con sinceridad -que me encanta aprender y la vida solitaria. Soy un pobre estudioso; el curioso busca el conocimiento desde la ansiedad y el miedo; el estudioso busca el conocimiento desde el amor. Temo que soy una plasta: me gusta decir cosas «intelectuales» y «filosóficas». Pero no logré salir de mi infancia ni de hoteles aristocráticos.
