
Saben (los servicios de inteligencia) que soy fóbico profundo a las ratas, por eso llenan mi casa de ratas; tienen que eliminarme de la ecuación.
Vienen andando agachadas del pastizal, atareadas con el heno recién cortado, y, rígidas, brillantes como el acero, anidan en mi fallado y se cuelan en la cocina. No da tiempo a que el ratero las mate. Avanzando los bichos sombríos y solemnes, desflecándose sobre las colinas. En pocas horas la nube entoldó el valle y nos asaeteó con un punzante orvallo. Ellas están aquí a resguardo y calentitas.
Horror de mi aldea: el borrico de la Maruja arrastra alegremente el féretro cárcava abajo, pero, al llegar al puentecillo, la rueda izquierda se hunde en una de las juntas y cae al río. El ataúd de la vieja se abre entonces y ella aparece mirándonos tranquilamente, la boca abierta, como sorprendida, y las manos en el regazo. Pero allí, dentro del cajón, flotando en las sucias aguas, parecía una mujer en conserva. No, no es un cuento de García Márquez. Es mi pueblo miserable y ratonil.
Horrores de la aldea: rata gris, rata parda, rata marrón, roedor miomorfo, correteando por todo el pueblo; sus pulgas transmiten la peste bubónica. Mi perrilla, envenenada, hoy vomitó con esfuerzo una asquerosa mascada de huesos sobre la colcha de mi cama y la lamió con nuevo celo.
No soy un chiflado. Créanme.
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Amarrado bajo los árboles un perro delgaducho y pulgoso, y las ratas correteando por una barcaza de turba. A su lado un caballo de sirga decapitado, y una rama de chopo muerta encima de todo. Paisaje idílico para Satán: la turba en los pantanos donde los hombres deslomándose pueden sacarla mientras les corren ratas por las piernas. Un hado y dos furias se mezclan en el torbellino.
Me encuentro enfermo; tienes que prometerme que no me torturarás; que no me meterás una rata en la boca y me obligarás a que me la trague. Christian, no pongas esa expresión extraña, como te pongas a llorar en casa, a temblar en la calle, te atizo. Aquí todos saben lo que eres. Pero yo no voy a aguantarlo más, ¿te enteras? ¿Me oyes? No me importa lo que hagas. Ingrésate o déjanos en paz. Estoy hasta los huevos de putos locos.
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Insisto, a fuer de pesado, se me quiere retirar de la circulación. La inteligencia española (líchigos, zungas, garbimbas, cachones, putipresos cadenasapos, garotiñas vomitoverrugas y galligilimierdas) dictaminó mi muerte civil asignándome el título de «loco» (puedo discurrir sin tara e infinitamente mejor que cualquier español; mi locura es un mito) Ahora quieren lograr mi muerte física, desean provocarme el último y fatal infarto.
Mi mente, pura y sin asomo alguno de perturbación, escuece lúcida, desprendiendo gotitas rojas y rosas bajo la lluvia orensana. El barro pestilente del C.N.I. se desprende flotando en la superficie moteada y agitada de grasa de una piscina repleta de mierda. Bordado rumbo de pelliza de osa rubia mi vida. Vosotros, en cambio: mamobueyes, vacapútridas, anormalneuronas, cachalotes subnormales.
