
«Los galones te los ganas a base de vender y vender y vender», dijo la vulgar tendera y feriante Sáenz de Urturi. No y no. Los galones te los ganas midiéndote con Montaigne y Plutarco, con Kafka y Flaubert, con Mann y Musil. Los galones se logran acercándote algo al tintineo y murmullo de estancia adamascada de Tácito, Borges, Valle-Inclán y sus pares. Además, y como dijo Stevenson, «algo hice mal para vender tan bien».
El criterio de las ventas es como creer que una buena vida es una vida vegetativa, como una planta de maíz o trigo que creciera en un invernadero en lugar de en el campo. Las ventas son argumento de letrinas y boñigas, argumento de utilidad. La literatura, en cambio, es como si a tu amada le perfumas el cabello con algas y sol, ese verde mordisco mágico y salado.
Las ventas son asunto de negocios, de despreciable pasta, pavos, lana, chavos, lucas, guita. De fea burguesía iletrada y estólida. De jefes de negociado de una fábrica de papel higiénico.
La literatura es el arrobo ante la belleza de algodones y popelines. Maulería de sedas. Una tienda parisina algo «délabrée».
«Comprar, usar, desechar», la filosofía de la mierdera Sra. Sáenz de Urturi.
