Falsas memorias 21

Mi techo es como una fina lámina de zinc donde rebotan como canicas en miniatura. Me he pasado miles de hora escuchando el techo: pequeños latigazos como la fracción de voz aguda de un joven profesor oxoniense, crujidos, castañeteos, rechinos, chilliditos, «esguitar, espetecs i escarritx de la fusta», clicks casi imperceptibles. Eso respecto al techo: por el resto de la casa, libros que caen solos de los estantes al suelo, luces y grifos que se abren y cierran solos, algo parecido a un zumbido de máquinas, pasos y ruidos de objetos, rasgar de uña afilada en la puerta de mi habitación, voces y lamentos y susurros, golpes repentinos.

Fuera, la niebla nórdica, el sol poco amable, los manzanos sin manzanas, las vides negras, la lluvia y el frío. Solo falta una ejecución pública frente al portalón de alguna cárcel y la vida sería perfecta.

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