
Merece unas líneas, y una compra, «The Chronicle of the fountain pen» de Joao Pavao Martins, Luiz Leite y António Gagean, un libro que siguiendo una evolución cronológica nos va presentando las patentes, modelos, marcas e innovaciones tecnológicas que hicieron posible el nacimiento y el desarrollo de las plumas estilográficas.
Por último, y dirigido especialmente a los manitas, no podemos olvidarnos de nombrar el maravilloso «Pen repair» de Jim Marshall y Laurence Oldfield, lleno de imágenes y ejemplos didácticos para profundizar en los secretos de la reparación de artículos de escritura.
La oferta de títulos en español es reducida, pero en materia de artículos de escritura podemos encontrar «Plumas estilográficas» de Jonathan Steinberg, una guía dirigida al coleccionista con notas históricas, relación de fabricantes ordenados según el valor de sus creaciones y mucha información útil para el aficionado.
Hace unos años también apareció, a un precio de unos 50 euros, «El gran libro de la estilográfica», editado por Barbro Garenfeld. Un volumen de tapas duras con sobrecubierta de medio millar de páginas, bastante completo e interesante, que analiza la historia, los fabricantes y los modelos emblemáticos, pero dejando pinceladas sobre tecnología, materiales, portaminas, bolígrafos, elementos publicitarios, diseñadores y otras cuestiones relativas al mundo de los artículos de escritura antiguos y modernos.
Para cerrar este tipo de contenidos, dejar constancia de otro título, en este caso con un valor de 70-80 euros y dirigido a los amantes de las plumas alemanas, llamado «Diario de Montblanc y Guía del coleccionista» de Jens Rösler. Un ejemplar que se centra en la primera época de la legendaria marca e incluye imágenes promocionales y procedentes de los archivos de la empresa y la familia, modelos primitivos, submarcas, detalles de catálogos y datos para interpretar el sistema de numeración, los tipos de plumines, los modelos de clips y las estampaciones de las piezas.
Libros, ay, de toda raza y condición: como relojes de hermosas piezas de oro, plata y esmalte con movimientos con galluzas caladas y ornamentadas, cajas de fina decoración y elegantes leontinas y chatelaines.
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¿Soy un coleccionista de libros? Yo pretendo vetar siempre la palabra “coleccionismo” de mis relaciones con los libros. El coleccionismo es para los amantes de los posavasos, los alfileres de corbata o las vitolas de puros. El amor por los libros es otra cosa. Amamos a los libros por lo que son: un vehículo de transmisión de cultura y una fuente de placer intelectual, de conocimiento y de felicidad. Leemos para aprender, para ser más libres y tolerantes, para intentar entender el mundo y tener opinión sobre las cosas. Para ser cada día mejores. Eso nada tiene que ver con el coleccionismo. Por supuesto que hay bibliófilos de perfil coleccionista. Lo sabemos todos y yo conozco a a muchos. Es más, yo diría que, por desgracia, lo son una gran mayoría. Son esos que buscan crisolines como locos o van con la lista de los número que les faltan de tal o cual colección o editorial. Igual que hacíamos de niños con los cromos. Pero esos, que apenas leen los libros que compran, son el último escalón de la bibliofilia. A mí el coleccionismo así entendido no me interesa nada. Es más, diría que me desagrada.
Siempre me recuerdo leyendo. Desde niño. Primero, tebeos, y después, a partir de los doce o trece años, literatura, ensayos, libros de historia. Al principio compraba, como todos, libros de bolsillo (Austral, Alianza, Bruguera…), hasta que un día me di cuenta de que comprando libros en los rastros y en los mercadillos podía, por lo mismo que me costaban esos libros nuevos de bolsillo, comprar antiguas primeras ediciones. Y a aprendí a amar y a valorar los libros viejos. Sigo comprando, claro, libros nuevos y procuro estar al corriente de las novedades (aunque esto es hoy casi imposible, dada la avalancha o inundación de libros que llega cada día a las librería) Pero el placer que te proporcionan los libros viejos es diferente, pues al propio valor intrínseco del contenido del libro se suman otros muchos elementos de los que carece el libro nuevo: la rareza o singularidad, su carga histórica (quiénes fueron sus propietarios, qué tumbos ha ido dando por aquí y por allá, qué ex libris lleva…), las antiguas dedicatorias autógrafas que lo hacen único e irrepetible, la encuadernación de la época…
Si de lo que se trata es de saber qué libros busco o me interesan, podría decir que sobre todo he sido lector de libros de poesía o de narrativa españolas, de bibliografía, de historia universal de los siglos XIX y XX, de historia de la lógica, clásicos grecolatinos en varias traducciones o de los autores raros y curiosos de la bohemia española, o de la francesa e inglesa también. Y también de los de la “literatura del yo”: diarios, epistolarios, memorias, autobiografías…, a los que soy muy aficionado.
En mi casa la biblioteca constaba de libros en cuatro idiomas encuadernados en pieles negras; ah aquella chimenea de madera maciza tallada, las cerámicas azules y blancas, las flores rosas, los restaurantes de categoría no discutible, la mesa de juegos, los sofás decorados con chales, el suelo encerado y las conversaciones muy inteligentes a la hora de comer. Vivir ahí era como vivir dentro de la opulencia del Arte.
Como si tuviera solo tres libros, una Biblia, un devocionario, y un almanaque, que leyera repetidamente vez tras vez, esos recuerdos de infancia necesarios e inevitables son mi estrecha gama de literatura donde se embebe honda y obsesivamente mi conciencia.
