
El otro día, mientras revisaba material, encontré por casualidad, entre una pila de papelotes, un texto que había escrito a los 18 años (entonces estudiaba matemáticas y filosofía) para un concurso de bibliófilos, por el que obtuve el tercer premio.
Mi participación en este concurso no tuvo otra razón que ésta: mis padres, bibliófilos, me inculcaron el gusto por los libros desde muy pequeño, tanto que tuve la increíble suerte de encontrar a mi alcance, en su biblioteca, obras muy diversas y enriquecedoras. La mayoría eran primeras ediciones, magníficamente encuadernadas, que me vi obligado a leer… casi con guantes. Nunca se puede exagerar el cuidado con el que los bibliófilos cuidan sus valiosas obras.
CONCURSO DE BIBLIOFILOS EN CIERNES VILLA DE MARTORELL, 1990.
Gracias a los libros, el pensamiento humano ha sobrevivido al olvido del tiempo. Desde que la humanidad comenzó a pensar, ha buscado la manera de registrar sus pensamientos para que pudieran transmitirse a las generaciones futuras. Comenzó grabándolos en piedra, dejando su mensaje al borde del camino, con el objetivo de enriquecer el capital humano con los frutos de su experiencia. Cada siglo se ha beneficiado de nuevas contribuciones en los campos más diversos, y desde la invención de la imprenta, los libros han sido el depósito privilegiado del pensamiento en su forma más inteligible. Así, un patrimonio incomparable se ha perpetuado de generación en generación. Es conmovedor recopilar testimonios de tiempos pasados a través de estas obras impresas en el mismo momento de su creación, de ahí la necesidad de preservar este patrimonio en las mejores condiciones posibles.
Los estados y municipios han trabajado para crear bibliotecas con este fin, pero el papel del individuo no es menos esencial, pues este, más que cualquier otra organización social, se inclina a dedicar cuidado y dedicación a la recopilación y preservación de dichos documentos. Estas dos formas de preservación, colectiva e individual, tienen una utilidad fundamental: el acceso a las fuentes culturales debe garantizarse a todos.
A pesar de los procesos de reproducción mecánica disponibles actualmente, la posesión del manuscrito original o de la primera edición es aún más importante, ya que proporciona una prueba irrefutable de autenticidad. Todo lo que posee una originalidad única, ya sea en texto o imagen, adquiere un valor incomparable para el futuro. El bibliófilo es la persona comprometida con la protección de estos valores. Su amor por los testimonios del pasado se refuerza aún más cuando la presentación se enriquece con investigación artística: así, la ilustración, que complementa los méritos del texto, y la encuadernación, que aporta elegancia y belleza al libro, convirtiéndolo en una verdadera obra de arte.
Sin embargo, ocurre que una reedición es superior a la primera impresión por las siguientes razones: la ilustración de un artista que ha embellecido la obra o las correcciones que el autor quiso hacer anticipando ediciones posteriores. Citaré, por ejemplo, la segunda edición del «Genio del cristianismo», que incluye correcciones de Monsieur de Chateaubriand y su dedicatoria al General Bonaparte; estas ya no aparecen en ninguna otra edición. De este modo, se ha creado una clasificación de los libros antiguos de librería según la importancia sentimental que tienen para el aficionado y según su estado de conservación. Afortunadamente, la bibliofilia no es una pasión egoísta. El bibliófilo rara vez atesora libros solo para su propio beneficio; se encarga de ellos y los conserva con la preocupación constante de ser solo momentáneamente el depositario de un tesoro. También puede, con ocasión de exposiciones, prestar y comunicar algunos de ellos o posteriormente legarlos a una comunidad. Los factores determinantes de su valor son por un lado la calidad del texto y por otro la notoriedad del autor.
Los clásicos constituyen, sin duda, la base de cualquier biblioteca que se precie. Pero, a partir de ahí, la elección de obras es muy amplia; cada persona busca especializarse en un período, un estilo o en temas que le conciernen con mayor precisión, con el fin de componer un conjunto coherente. Tras el texto, la presentación es el elemento que, en general, determina una adquisición. Consiste en la calidad de la tipografía y el papel. Es interesante destacar que el Romanticismo adolecía de deficiencias en la fabricación de papel, por lo que las obras del siglo XIX suelen presentar manchas y agujeros de alfiler. Por ello, las que han llegado hasta nosotros en un estado de conservación satisfactorio son especialmente apreciados.
Desde la Edad Media, el hombre ha desarrollado un gusto por embellecer lo demasiado abstracto del pensamiento escrito. Así, los manuscritos se iluminaron y enriquecieron con admirables miniaturas; luego, con el descubrimiento de la imprenta, apareció el grabado en madera, después el grabado en cobre y piedra, y finalmente la fotografía. Es evidente que el trabajo manual siempre prevalecerá sobre los procesos mecánicos. Grandes artistas se han dedicado a la ilustración de libros y la han convertido en un arte original y refinado. Tales éxitos han marcado para siempre la alianza entre el texto de alta calidad y la iconografía. Estas obras excepcionales son apreciadas por los bibliófilos, menos por su valor monetario que por su riqueza artística e intelectual.
La decoración del libro, es decir, la encuadernación, corona el conjunto. Esto también es un arte en sí mismo. El encuadernador tiene el deber de armonizar su trabajo con el contenido del tema al que se dedica. Es preferible que la encuadernación se haya realizado poco después de la publicación, ya que el conjunto representa, en estos diversos campos, el testimonio de una época. Esta colaboración a lo largo del tiempo justifica el cuidado y el amor que los bibliófilos sienten por los libros antiguos y, a través de ellos, el homenaje silencioso que rinden al pensamiento y la obra de sus mayores en lo que mejor y más notable hicieron. Los objetos del pasado siempre han ejercido una atracción irresistible para quienes disfrutan descubriendo la misteriosa poesía de la memoria.
La bibliofilia de alto nivel no se limita a la búsqueda de libros antiguos de renombre, sino que también busca desenterrar ejemplares extremadamente raros que conservan las huellas de la historia. Así, los libros, anotados por la mano de grandes escritores y con dedicatorias que el paso del tiempo ha hecho entrañables, adquieren un valor de culto para los bibliófilos. Sin duda, esta noble pasión enriquece a quien se dedica a ella, pues la investigación y el esfuerzo cultural que requiere se combinan con cualidades de corazón y sentimiento. ¡Ojalá surjan nuevas generaciones de bibliófilos que se esfuercen por preservar el legado del pensamiento en los siglos venideros, y esperemos que una capital como Barcelona siga siendo el centro mundial de dicha actividad!
Christian Sanz Gómez
