
A raíz de su divorcio en 1930, Benjamin abandona el hogar familiar, y se traslada junto a su colección de libros a un departamento berlinés. En este contexto se gestaron las reflexiones que constituyen el presente ensayo, del que presento un fragmento.
«Desempaco mi biblioteca. Sí. No están aún en los estantes, no han sido tocados aún por el moderado tedio del orden. No puedo pasar revista por sus filas de arriba a abajo ante la presencia de alguna audiencia amigable. No deben temer nada de eso. En cambio, debo pedirles que me acompañen entre el desorden de las cajas recién abiertas, el aire saturado de aserrín, el suelo cubierto de papel roto; acompáñenme entre las pilas de volúmenes que ven de nuevo la luz después de dos años de tinieblas, para que principiemos por compartir parte del clima de tensión (en absoluto no elegíaco) que despiertan estos libros en el coleccionista genuino. Ya que éste es quien les habla ahora, y en un examen más riguroso se mostrará hablando solo sobre sí mismo ¿No será acaso presuntuoso de mi parte, si, con el propósito de parecer convincentemente objetivo y práctico, enumerara para ustedes las principales secciones o las piezas-trofeo de mi biblioteca, si les presentara su historia o incluso su utilidad para algún escritor potencial? Yo, por mi parte, tengo en mente algo mucho menos oscuro, algo más palpable que eso; lo que me preocupa realmente es darles alguna idea sobre la relación entre el coleccionista de libros y sus posesiones, sobre el coleccionar más que sobre la colección. Es totalmente arbitrario que para ello me refiera a las variadas formas de adquirir libros. Éste o cualquier otro procedimiento funciona solamente como un dique en contra del torrente de recuerdos que surge ante cualquier coleccionista al contemplar sus posesiones. Toda pasión limita con lo caótico, pero la pasión del coleccionista limita con el caos de los recuerdos. Más que eso: la oportunidad, el destino, que antepone el pasado ante mis ojos están visiblemente presentes en la confusión cotidiana de estos libros. Pues, ¿qué otra cosa es esta colección sino un desorden al cual el hábito mismo ha acomodado hasta el punto de hacerlo parecer como orden? Ya todos habrán oído sobre personas a las que la pérdida de sus libros los ha convertido en desvalidos, o sobre aquellos que para adquirirlos se han vuelto criminales. Precisamente éstas son las áreas en las que cualquier orden no es más que un acto de equilibrio al filo del abismo. “El único conocimiento exacto que hay”, dijo Anatole France, “es el conocimiento sobre la fecha de publicación y el formato de los libros”. Y claro, si existe una contraparte a la confusión de una biblioteca, ella está en el orden de su catálogo.
Por lo tanto, en la vida del coleccionista hay una tensión dialéctica entre los polos del orden y el desorden.
Naturalmente su existencia está también ligada a muchas otras cosas: una extraña relación de pertenencia (algo acerca de lo cual trataremos más adelante); asimismo, una relación con los objetos que no enfatiza su valor funcional, utilitario –esto es, su utilidad- sino que los estudia y los ama como la escena, como el escenario de su destino. La fascinación más intensa para el coleccionista está en encerrar los objetos individuales en un círculo mágico en el cual quedan congelados una vez que la última emoción, la emoción de su adquisición, pasa sobre ellos. Cada cosa recordada y pensada, todo lo consciente, se convierte en el pedestal, en el marco, la base, el candado de sus propiedades. El periodo, la región, la manufactura, los dueños anteriores; para un verdadero coleccionista todo el trasfondo de un objeto se agrega en una enciclopedia mágica cuya quintaesencia es el destino de sus objetos. En este contexto, entonces, es que se puede entender cómo los grandes fisionomistas –y los coleccionistas son fisionomistas del mundo de los objetos- se hicieron grandes intérpretes del destino. Sólo basta con observar a un coleccionista manipular los objetos en su gabinete. Al sostenerlos en sus manos, parece estar viendo a través de ellos su pasado distante como si estuviera inspirado. Suficiente del lado mágico del coleccionista –de lo que podría decirse su imagen de la vejez. «Habent sua fata libelli» [1]: estas palabras pueden haber sugerido una declaración general acerca de todos los libros. Así, libros como «La divina comedia, «La ética» de Spinoza, y «El origen de las especies» han tenido sus destinos. Un coleccionista, sin embargo, interpreta el refrán latino de forma diferente. Para él, no solo los libros sino los ejemplares de los libros tienen sus destinos. Y en este sentido el destino más importante de un ejemplar es su encuentro con ella, con su propia colección. No exagero al decir que para el verdadero coleccionista la adquisición de un libro viejo es el renacimiento de ese objeto. Éste es el elemento infantil, que en el coleccionista se mezcla con el elemento de la vejez. Porque los niños pueden lograr la renovación de la existencia de una cosa de un ciento de modos infalibles. Entre los niños, coleccionar es solo uno de los procesos de renovación; otros procesos incluyen pintar los objetos, recortar sus figuras, la aplicación de calcomanías; todo el rango de formas infantiles de adquisición, desde tocar las cosas hasta darles nombres. Renovar el viejo mundo: éste es el deseo más profundo del coleccionista cuando se ve impulsado a adquirir nuevas cosas, y ese es el por qué de que un coleccionista de libros viejos esté más cerca de lo esencial del coleccionar que el coleccionista de ediciones de lujo. ¿Cómo los libros pasan la barrera de una colección y se hacen propiedad de un coleccionista? La historia de su adquisición es el objeto de las siguientes reflexiones.
De todos los modos de adquirir libros, escribirlos uno mismo es considerado el método más digno de alabanza. En este punto muchos de ustedes recordarán con placer la inmensa biblioteca que Wuz, el pobre maestro de escuela de Jean Paul, adquirió gradualmente al escribir, él mismo, todos los trabajos cuyos títulos en catálogos de ferias de libros le resultaran interesantes; después de todo, él no tenía los medios para comprarlos. Los escritores son realmente personas que escriben libros no porque sean pobres, sino porque están insatisfechos con los libros que pueden comprar, pero que no les gustan. Ustedes, damas y caballeros, podrían considerar ésta como una definición caprichosa de un escritor. Pero es que todo lo dicho desde el punto de vista del coleccionista verdadero resulta caprichoso. De los modos comunes de adquirir libros, el más apropiado para el coleccionista sería el de pedir un libro en préstamo sin que este tenga su correspondiente devolución. El auténtico prestatario de categoría, que consideramos aquí, demuestra ser un coleccionista empedernido no tanto por el fervor con el que guarda sus tesoros prestados, ni por los oídos sordos que opone a cualquier recordatorio de la legalidad proveniente desde el mundo cotidiano, sino porque no lee estos libros. Si mi experiencia ha de servir como evidencia, un hombre está más dispuesto a devolver un libro prestado, que a leerlo. Ustedes objetarán: ¿Y la no-lectura de libros debe ser característica de los coleccionistas? Podrían decir que para ustedes éstas son novedades. No lo son en absoluto. Los expertos me apoyarán cuando digo que es la cosa más vieja del mundo. Sea suficiente aquí con citar la respuesta que Anatole France tenía preparada para las personas vulgares que admirando su biblioteca terminaban con la pregunta de rigor: “¿Y usted ha leído todos estos libros, señor France?” “Ni la décima parte. ¿Supongo que usted no usa su vajilla Sèvres todos los días?”
Por cierto, he puesto a prueba el derecho a tal actitud haciendo lo contrario. Durante años, por lo menos durante el primer tercio de su existencia, mi biblioteca consistió en no más de dos o tres repisas que crecían tan solo unas pulgadas cada año. Esta fue su época militante, en la que ningún libro era incluido sin la certificación de haber sido leído. De esa manera yo nunca hubiera adquirido una biblioteca lo suficientemente extensa para ser digna de ese nombre, de no haber sido por la inflación. De repente las prioridades cambiaron; los libros adquirieron valor real, o en todo caso, se hicieron difíciles de conseguir. Al menos así parecía ser en Suiza. A última hora envié mis primeros grandes pedidos de libros desde allí y de esta forma me fue posible conseguir ítems irremplazables como Blauen Reiter y Sage von Tanaquil de Bachofen, que podían aún en ese tiempo obtenerse directamente de los editores. Ahora bien –podrían decir ustedes- después de explorar todos estos caminos deberíamos alcanzar finalmente la gran carretera de la adquisición de libros, es decir, la compra de libros. Esta es sin duda una vía muy amplia, pero nada cómoda. La compra realizada por un coleccionista de libros tiene muy poco que ver con la compra de libros que hace el estudiante de sus textos en una librería, con la compra del hombre de mundo que busca un regalo para su mujer, o la del hombre de negocios que busca alguna lectura para matar el tiempo de su próxima travesía en tren. Yo he realizado mis más memorables compras en viajes, estando de paso. La propiedad y las posesiones pertenecen a la esfera de lo táctico. Los coleccionistas son personas con un instinto táctico; su experiencia les ha enseñado que cuando toman una ciudad desconocida, la más pequeña tienda de antigüedades puede servir de fortaleza, la más remota librería puede ser una posición clave. ¡Cuántas ciudades se han abierto ante mí durante las expediciones por la conquista de algún libro!», Walter Benjamin.
(1) Habent sua fata libelli [Los libros tienen su destino]: Parte de un verso de la obra De litteris, de syllabis, de metris compuesta por el gramático latino de origen africano Terenciano Mauro (segunda mitad del siglo II d.C.). El verso completo (nº 1286 capítulo II De litteris) forma parte de las reflexiones del autor sobre el grado de acogida que tendría su obra entre los lectores: Pro captu lectoris habent sua fata libelli [De la capacidad del lector depende el destino de sus libros].
