
Nogueira de Ramuín: a este lado del muro del tiempo, a este lado de la pared del espacio, entre un orvallo que admite la indiferencia hierática, abrigado en mi despacho, escuchando a Bach (ah, qué grande, lo sabía todo), añorando los dioses alegres que alguna vez estuvieron reinando en la historia, escribo esta nota.
VENECIA Y LIBROS. Café negro, «grappa», fumar mucho. Truman Capote: “Venecia es como comerse una caja entera de licores de chocolate de una sola vez». Cortinas de gasa vibrando en un gigantesco juego de té de porcelana en una bandeja de plata bajo el cielo gris perla. Abres la ventana de golpe y la habitación se inunda al instante con esa bruma exterior, cargada de crujidos, que es en parte oxígeno húmedo, y en parte café y hermosas letanías. Neblinas, gaviotas, agua de zinc verdadera. Templos y palacios pareciendo telas de encantamiento apiladas hasta el cielo. Así desearía con desmedido fervor que fuera mi MENTE. Que descansara en la terracita de un bar entre la Riva dei sette Martiri y la Via Garibaldi, y por la noche contemplara el resplandor dorado de las puertas del Florian.
Y no tener esta mente genéticamente tarada, como un andurrial con bostas de vaca y berzas saliendo del empedrado, una mente feísta de chamizos de chapas de aluminio. Ningún defecto físico te hace tan feo como la locura. La fealdad, la locura, son una forma de violencia.
Que mi mente leyera los cuatrocientos ochenta y dos volúmenes griegos y doscientos sesenta y cuatro latinos (el legado de la importantísima biblioteca del cardenal Besarión), con encuadernaciones con decoración a candeliere y acotaciones en los márgenes al «Almagesto», los «Elementos» o el «Timeo». Y poder estudiar el «De Triangulis Omnimodis» de Johann Müller Regiomontano, o escribir un pensamiento mortal que guardara pequeña memoria de mí.
Y no tener esta mente azote de los mares, un cepo tedioso con esculturas de Koons en lugar de palabras e ideas de Ficino o Hesíodo, no tener, en fin, una mente ilota agramatical, como profanada con prosa de carromato gitano y dependiente de la volubilidad de mi vesánico talento.
