
Hoy solo leí una hora y escribí muchas otras. Escribo esta nota en la mesa de mi habitación y no en el despacho, muy frío de noche. Pienso mucho en mi vida en España. Creo que debo venderlo todo e irme. A París, Italia, Inglaterra. Hay que cortar todos los hilos con esta tierra de locos, desaprensivos y mediocres. Las criaturas, en un altísimo porcentaje, lucen un vestir pésimo y desprenden olores repugnantes. En el manicomio noto mejor higiene y gusto. Cuánta estrechez mental y cerebros de ameba o besugo.
Para desintoxicarme escucho ahora «La bella durmiente» de Chaikovski , en una extraordinaria versión de la Filarmónica de Viena dirigida por Mariss Janson en el Concierto de Año Nuevo del 2011. Después leeré «L´Europe galante» de Morand.
Estuve pensando en explicaciones lógicas a mi casa «embrujada». Claro, la madera se expande y contrae con los cambios térmicos, lo que causa crujidos. La humedad también hincha la madera, especialmente en casas antiguas, generando sonidos. Además el viento que pasa por chimeneas y pasillos puede generar ondas sonoras de baja frecuencia, y las tuberías de agua también pueden producir ruidos. Y la actividad de ratones, ardillas u otros animales entre las paredes puede causar crujidos, rasguños y golpes.
Añádase las aves en los tejados: en algunos casos, nidos de palomas o aves también pueden generar sonidos. En resumen, que la mente humana es propensa a interpretar ruidos inusuales como algo sobrenatural, sobre todo en un ambiente muy silencioso o al estar esperando oír algo inquietante.
***
Lo mío son los libros, no las casas encantadas. Así que al tema.
Creo que la demanda de buenos libros no era en tiempos la que hoy. Leer no es un entretenimiento general. Ni los comerciantes, ni los burgueses ni los caballeros consideran deshonra la ignorancia. El saber ya no le vale a un hombre tanto como antes. Empieza a ser una excentricidad ver casas con armarios o estanterías llenas de libros. Podría aducir pruebas irrefragables de ello, pero, las pruebas cansan la verdad.
Soy consciente de que mi pesimismo y fatalismo es propio de quien reniega o no comprende el siglo XXI. Me importa una higa, un bledo, la revolución sociocultural de Internet. Converso con difuntos, con pocos, pero doctos libros juntos. Lo contemporáneo es una filfa de anarquía y sandez. Aún me enervan los maravillosos veranos e inviernos dando vueltas a extraordinarios libros con pastas brillantes color corinto.
Muchos nos hemos acostumbrado a que nos rodee una manada inmensa de zombis. Biblioclastas de rala inteligencia. No quieren que se deforesten los bosques para la producción de papel. Arguyen que los libros ocupan mucho espacio físico para su almacenamiento y que son muy pesados. O que se deterioran con el tiempo, el uso y las condiciones ambientales, perdiendo color y rigidez. Alegan que son caros. Aducen que la información contenida en ellos se desactualiza rápidamente. O que la literatura no ha transformado la realidad, ni mejorado la calidad de vida. O que su contenido puede ser dañino y perturbador. Y se jactan de su inutilidad para la eficacia, el futuro y el progreso.
***
Te dijeron que no podías subrayar ni doblar las páginas de los libros. Te dijeron que tenías que leer un clásico del siglo XVIII a los doce años. Te dijeron que eso que leías por las noches era basura. Te dijeron que nunca podías dejar un libro a medias. Te dijeron que los lectores son buenas personas. Te dijeron que ya nadie lee como antes. Te dijeron que los libros te harían amar la vida. Y tú no puedes evitar leer. Pero quizá lo haces boli en mano y en pijama, quizás has conocido a grandes lectores que eran malas personas y quizá tu vida te parece aburrida comparada con tus novelas favoritas. Grandes verdades. Nos rodea una mitomanía elitista. Un mito que exploto a conciencia a la hora de crear el personaje, el sujeto enunciativo, de mis libros.
«El acto de leer se fetichiza como si fuese bueno por defecto. Yo leí indiscriminadamente todo el romance victoriano, Jane Austen etc… Estoy segura de que a muchos padres les encantaría que su hija leyese ese tipo de libros, pero a mí me dieron una imagen idealizada del mundo que no me preparó para la deprimente realidad social ordinaria en la que iba a crecer. Leí también muchos libros de terror, que pintaban un mundo mucho más excitante de lo que era realmente. La gente dice que los libros son buenos para “escapar”, pero creo que primero deberías vivir, y luego hallar algo de lo que “escapar”. No estoy segura de que un niño necesite “escapar”. Creo que lo más urgente para un niño es vivir experiencias», M. Brottman.
«En mi libro comento el caso de alguien que se encontró con Henry James en una librería londinense, y estuvo un rato charlando con él, y se aburrió tanto que solo deseaba volver a su casa a leer algún libro de Henry James. Creo que hay dos tipos de autores: uno de ellos utiliza la escritura como sustituto de estar en el mundo; el otro la utiliza como una extensión de estar en el mundo. Para la mayoría de autores que son gente horrible, su obra sustituye el estar en el mundo. Quizás incluso empezaron a escribir porque eran introvertidos, o no tenían ningún éxito, o tenían problemas de comunicación, y escribir se convirtió en un sustituto de vivir. Donde yo vivo ahora hay un moda que consiste en ir a un bar y escribir. Sí, como lo oyes: ponerte elegante, juntarte con un grupo, relacionarte un rato, escribir otro rato, luego relacionarte un poco más. Me parece un sinsentido. Nunca lograrás escribir nada de ese modo. La escritura va de soledad e introspección. Es lo contrario de socializar, vamos», M. Brottman.
«Escribir es una actividad intelectual interna, antisocial, egoísta y egotista. Es difícil compaginarla con una vida familiar, o social. Debes conservar todo el rato una creencia absoluta en ti mismo y en tu trabajo, tienes que crear un universo propio… Es como ser un psicópata. Creas tu mundo y vives en el centro de ese mundo, y los demás no importan», M. Brottman.
