
Fui siempre un solitario voraz, rotundo, primordial, fundamental, y extremado, y yihadista, y desmedido. Probablemente la soledad devora la felicidad y la dulzura, devora las potencias del alma más delicadas (afecto, gratitud, admiración, serenidad, amor, optimismo), casi seguro que sí, pero ocurre que me rechazaron violentamente mis semejantes y no quise mendigar amor. Ahora solo pido una vida defendida de infortunios, con mis libros, y, alrededor, la energía química o bendición liberadora del silencio.
No, no me arrepiento de haber apostado por la alta cultura (o no tan alta) en lugar del tintineo de las monedas. De apostar por el estudio en vez de por el dinero. «No reprendas al insolente, no sea que acabe por odiarte; reprende al sabio, y te amará. Instruye al sabio, y se hará más sabio» (Proverbios).
Acaso -no lo sé- no me arrepiento de no haber tenido mujer e hijos. Délficas y oraculares ideas aprendí en mi gabinete y paladeé en inapreciables libros. Fui hombre tranquilo de estudio. Por mis manos pasaron «Els pagesos»(1952), del viejo y gran adjetivador Pla, una biografía, que compré barata en Los Encantes, y sumamente interesante, editada por Plaza y Janés, del Mariscal Smuts, el «Malraux» de Payne, la «Guerra de los judíos» de Flavio Josefo. Y pude, con dificultad, desentrañar «A Survey of Symbolic Logic» de C.I. Lewis (1918) o Jech, Thomas (2003), «Set Theory: Millennium Edition», Springer Monographs in Mathematics, Berlin, New York: Springer.
Y amé con desmesura la poesía -ahora ese fuego prácticamente se apagó. Como diría Bloom, podemos valorar la poesía como medio de aprender a soportar la mortalidad, porque la poesía no puede sanar la violencia organizada de la sociedad, pero puede realizar la tarea de sanar al yo.
El arte, la biblioteca, la ciencia, mamá, fueron -son- redención. Los preparativos de una aristocrática “dinner party”. Un ómnibus de caballos. El salón de música del Royal Pavillon, decorado con finas columnas torneadas a ambos lados de la puerta, con un baldaquín ricamente guarnecido sobre la misma y adornos florales de todas clases; hasta la araña que pende del techo tiene la forma de una flor exótica. Por fuera, el edificio recuerda un palacio hindú; por dentro evoca una China de fábula. Redención, insisto, debida a Hilbert, K. Menger, Neurath, Horacio, Kavafis, Acker, y el “Libri quattuor sententiarum” de Pedro Lombardo, y por esa joya de la cristalografía azul, por esa delicadeza Garamond que es el “De laudibus eloquentiae. Commentum in Ciceronis Oratorem», de Ognibene Bonisoli, Vicenza, 22 diciembre 1476, “che testimonia l´interesse quattrocentesco per la classicità aurea”. Redención, insisto.
Quizá ya me llegó la hora, la final hora exacta, la herida de la hora final. Nerón tocando la cítara, los pinceles hechos de pelo humano, pelo humano que ofrecía una textura suave y un control mayor que no se lograba con otros materiales, Douglas Harper y Li Po, la cicuta y Sócrates, los consejos de Epicteto, sentencias, párrafos y epígrafes del Ulises, que no son inferiores a los más ilustres de Shakespeare o de Sir Thomas Browne, el sol epicúreo y cartesiano, la prosa numerosa castellana (acabada en cola de pez), el Quartier Latin, los caballos cónsules, los labios de Martha, las Termópilas, las Mil y una Noches: cumplida mi vida.
