
SABER, ESCRIBIR Y LEER. Aunque no logré hacer las tres cosas bien, en esos tres verbos (casi) se me fue la vida. Una vida no absolutamente inútil y no desaforadamente -creo en mis momentos optimistas- infeliz ni banal. Una vida (temo) más intensa que extensa, más mental que real, más platónica que empírica, y que, con sumo gusto, si tuviera la oportunidad, volvería a vivir.
Ahora, alucinaciones. Un sonido tubular como de orquestina de cristales rotos, como de polución química. Noche húmeda, noche que discursea por aforismos, no por silogismos. Visiones de peces lisos plateados revelados en un laboratorio fotográfico. Debido a mi sinestesia, siempre vienen juntas las alucinaciones auditivas y las visuales. Liviandad y levedad de la sombra. La locura es un coro de oceánidas cantando hasta perderse en la bruma.
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El campesino sin aflicciones encendiendo el fuego y ninguna tormenta cerniéndose sobre el bosque, y, de noche, entrar en la calma, lejos del mundo y sus peleas. Canciones de trilladores flotando en la memoria, cantos de pescadores que se oyen a lo largo del valle. Los ríos se cruzan -tierra de azafrán- en las vetas de oro de los pechos de las mujeres. Rompe el río en gotas de sol en los labios gordezuelos de las adolescentes. La vida lindando al norte con el oscuro sexo (engorda el capirote de los varones)
Mi lema fue: “Láthe biósas”, “Pasa inadvertido por la vida”, “Vive sin hacerte notar”, “Vive oculto”. Este destino de medirse con los genios (medida sin cabalidad) y despreciar al vulgo. Epicuro: “No me preocupo de agradar a la masa. A la masa le gusta cosas que yo desconozco, y lo que a mí me gusta sobrepasa su entendimiento”.
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Probablemente, por pésima salud, pocas palabras más escriba. Viví apartado, muy secreto, con doble o triple vida, y, aunque nadie lo crea -ahí estuvo la gracia-, tuve cierta relevancia –parcial u ocasional- en las relaciones internacionales políticas (mejor no menear demasiado este delicado y oscuro tema) Puse mi huella en la arena del mundo, una huella que deberá por siempre permanecer oculta. Como escritor, con más pena que gloria, fracasé del todo. No me arrepiento de mis dos oficios. De alguna manera relacionados. El poeta es un fingidor. El poeta es un espía de la realidad.
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No trabajo día y noche en mis manuscritos. No me paso meses examinándolos y preguntándome: “¿Dónde fallan?” «¿Cómo hallar mi personal, tierna y doméstica melodía?, ¿Cómo hago para conseguir que el nivel y el desnivel sea el mismo?» , “Si el libro fuera un sueño, ¿cuál sería la esencia del sueño?”.
Todo el invierno me espera, no así la primavera. No tengo tiempo. Muy cerca –no importa- la arcana incertidumbre invisible. Buenas noches. Escuchen a Bach, enamórense, y lean a Shakespeare.
