
“No soy pobre, no soy rico; nihil est, nihil deest, tengo poco, no quiero nada: todo mi tesoro está en la torre de Minerva… Sigo viviendo como estudiante universitario… y llevo una vida monástica, ipse mihi theatrum [entretenimiento suficiente para mí], apartado de esos tumultos y problemas del mundo… aulae vanitatem, fori ambitionem, ridere mecum soleo [me río de las vanidades de la corte, de las intrigas de la vida pública], me río de todo”, Burton, “Anatomía de la melancolía”.
Hago mío estas palabras de Burton, en cuya enciclopédica y erudita obra en parte me inspiré. Ese talante errabundo de Burton yo siempre lo he tenido (aunque no con el mismo éxito), y como un perro de caza que va de un lugar a otro ladrando a todos los pájaros que ve y abandonando su presa, yo he seguido todo excepto lo que debía, y puedo lamentarme justificada y verdaderamente (porque el que está en todas partes no está en ninguna) de haber leído muchos libros, pero con poca utilidad por carecer de método; he tropezado confusamente con diversos autores en mi biblioteca con poco aprovechamiento, por falta de arte, orden, memoria o juicio.
Murió Adriano, el gran emperador. Una vida honorable consiste, sobre todo, en procurar “dejar fuera” la basura y tender hacia lo que nos enriquece intelectual y moralmente; en suma: ser mejores.
Lo decía mi maestro Álvarez, y cada día se verifica más: donde mires o escuches -incluso en el trato con amigos inteligentes y cultos- la conversación está tomada por comentarios sobre el hacer o los dichos de la gentuza (el Jincho, María Pombo, Sánchez, Abascal), gentuza que jamás hubiéramos recibido en nuestra casa, y resulta que ahora son los protagonistas de nuestro tiempo y de nuestros pensamientos. En lugar de comentar nuestros trabajos, leer, comentar lo leído (nuestras impresiones del propio Burton, Quevedo, Tácito, Borges, o los griegos y latinos, o los románticos alemanes etc…), en vez de celebrar la alegría de una reunión en el café, de una tertulia inteligente, o gozar de la cerveza, del otoño, de la música, ahora permitimos la atroz invasión en nuestras vidas y cerebros de los dimes y diretes de fulanito o menganita -miserables tantas veces y con una indigencia mental acaso inferior a las amebas- que dijeron esto o lo de más allá (la última declaración política de Ada Colau, del ministro Puente, de Taylor Swift, de Almodóvar, o yo qué sé) ¿Y qué diantres puede importarnos lo que esos personajes hayan podido decir? No nos envilezcamos. No caigamos en la trampa de rebajarnos a discursear con monos.
