Ecce homo 6

El mundo podría ser una parra de frambuesas, o nísperos luminosos, plumas grises y elegantes de perdiz norteña, caracoles mojados pequeñitos en el camino de cemento del jardín, castillos con buhos de Luna, faisanes brincando bajo el sol.

Pero no se da ese milagro. El mundo, la gente en el mundo, es absolutamente cafre, atroz y hostil. Si fuera inteligente y templado -fuerte, sin vanidad- de espíritu, me iría a vivir a un pueblecito de Francia, sin amigos, sin Internet, con mar y una pequeña biblioteca (libros que releería repetidamente), oculto, solo y escondido.

Necesario hacer una vida oscura y retirada; no hablar, no escribir, no imprimir, no dar indicio alguno de mi existencia. Pasear, olvidar y siempre releer esos sesenta o setenta libros esenciales.

Me asedia y acorrala la brutez e ignorancia de la gente, la estolidez de la existencia diaria, lo cotidiano. El universo no merece alabanza; te acuna con horror. Grisáceos, pálidos, infectados arenales. Solo deseo unirme a las Hébridas brumosas. Evitar el mundo gracias a una inhumana soledad.

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