
Mi vida ideal es tranquila. Me gusta leer, sentarme quieto en el mismo butacón, con la pantalla de la lámpara en cierto ángulo, solo o con la perra cerca, y de vez en cuando, con suerte, encontrarme con una frase encantadora o un sentimiento estilizado; y levantar la vista del libro, y sentir la armonía de alguna idea, meditarla, su justicia, su exactitud, su hondura, su sublimidad longiniana, y sé que todo está ahí. Así es la vida para mí, momentos privados que descubro -y gozo- en privado. No me conformaría con menos, pero tampoco espero mucho más.
Aprecio la mañana, la lentitud que hoy me regala el día; quiero ver el cambio de luz en el horizonte, el resplandor alpino rosado y anaranjado que ilumina las montañas al caer el día, el joyel claro bajo el resplandor de satén del cielo orensano, el ir y venir de herrerillos rayados, moteados, o el color heliotropo de la piel de Martha. Vivir a mi manera, sin importar lo que piensan los demás. De alguna manera, lo logré.
