Ecce homo 14

Creo en la aristocracia, si es que esa es la palabra correcta. No una aristocracia del poder, basada en el rango y la influencia, no la de los zapatos Paul Green o los Alohas, no una élite de estrellas de rock y de cine, deportistas millonarios y modelos, miembros de la alta sociedad y financieros internacionales, no la que se dedica a humillarse ante el rey y la Iglesia, o bebe hasta las heces para ser feliz, o anda desnuda para vestir sedas y joyas, o se familiariza con el lenguaje degradante y los símbolos de la adulación, sino una aristocracia de los sensibles, considerados y valientes, de las almas apasionadas, una nobleza del coraje, el honor, la belleza, y sin la deformación -ingrata y fea- de la ignorancia.

Sus miembros se encuentran en todas las naciones y clases, a lo largo de los siglos, y existe un entendimiento secreto entre ellos cuando se encuentran. Representan la verdadera tradición humana, la única victoria permanente de nuestra raza sobre la crueldad y el caos. Miles de ellos perecen en el olvido, unos pocos son grandes nombres. Son sensibles tanto hacia los demás como hacia sí mismos, considerados sin ser quisquillosos, y su coraje no es ostentación, sino capacidad de resistencia.

Una confesión: con mis florituras en el estilo, en la forma, sonido y ritmo de las palabras, a partir justamente de esa superficie, pretendí llegar a ese fondo caballeresco y aristocrático. El estilo está relacionado con el alma. Luis Magrinyà, en su libro «Estilo rico, estilo pobre», lo explica así: «La lengua ofrece un repertorio estupendo de posibilidades; el estilo posiblemente consiste en conocerlas, distinguir las reales de las imaginadas o supuestas y hacer, después, una elección. Y recordemos que no estamos hablando aquí de hacer filigranas, sino de explorar la variedad sin perder la naturalidad». Mi posibilidad, la búsqueda de mi variedad, es ennoblecer el espíritu a través del lenguaje. Ojalá lo logre mínimamente.

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