
El elitismo se ha convertido en una mala palabra y es una lástima. El elitismo sólo es reprensible cuando es esnob. El mejor tipo de elitismo intenta expandir la élite alentando a más y más personas a unirse a ella. Mi tipo de elitistas son aquellos que buscan y fomentan despiadadamente la inteligencia y que creen que la competencia (e, inevitablemente, cierta medida de fracaso) hará más por el carácter que los mimos. Y que quede claro: soy completamente elitista en el ámbito cultural, pero enfáticamente no en el social.
Valéry quería salvaguardar la desigualdad como valor. No porque quisiera una sociedad desigual e injusta, sino porque quería vivir en una sociedad que reconozca el valor (de los productos, las personas, las ideas) y se modele en torno a él.
¿Quién quieres que te opere el día de mañana? ¿El mejor cirujano o un cirujano de partido?; ¿quién quieres que vaya a tu casa a solucionar una fuga de agua? ¿el mejor fontanero o un fontanero mediocre?; ¿quién quieres que sea el profesor de tu hijo? ¿un sabio o un ideólogo sindicalista?; y, como estoy seguro de que quieren al mejor cirujano, al mejor fontanero, y al mejor profesor porque va el futuro de sus hijos en ello, les pregunto ¿a santo de qué aceptan que quienes gestionan la cosa pública, es decir, el dinero y los servicios de todos, no sean los mejores, sino rufianes de medio pelo?.
Sé elitista, exige a los mejores al frente, pon (en la medida de tus posibilidades) a los mejores al mando y, sobre todo, sé tú uno de los mejores en lo tuyo, no importa a qué te dediques, sé de los mejores, sino el mejor, y hazlo compitiendo contigo mismo y colaborando con los otros. Huye de la mediocridad y el desencanto, del conformismo, del vacío, de la nada, de lo absurdo, de la pérdida de tiempo sin sentido, del desperdicio de tu vida…
En principio, las sociedades democráticas no están dispuestas a reconocer una autoridad por encima de ellas mismas. Sin embargo, el hombre, según Tocqueville, no puede soportar una independencia intelectual completa; debe poner en alguna parte una autoridad en el mundo intelectual. Pero esta verdad eterna recibe en los siglos democráticos una aplicación singular: los hombres tienden a colocar esa autoridad en la opinión pública u opinión de la masa. Y esta fe en la opinión común llega a ser una especie de religión.
Pero la opinión pública es la peor de las opiniones.
Pero la mayoría, y los delegados o representantes de esa mayoría, solo pueden ser soeces, chabacanos o crueles, impunemente.
La solución es ser mejores, en el orden que sea.
