Ecce homo 20

Las plantas elípticas, ovales o de cruz latina, que añaden complejidad espacial, típicas de la arquitectura barroca, o los jardines exuberantes, decorativos, ornamentales (garzas reales, pavos, cisnes, y cacatúas, y papagallos) del Palacio de Versalles, esas propiedades se pueden transferir a la prosa barroca, desde los grandes nombres de nuestros siglos áureos hasta ciertas vetas de Marc Colell (muy talentoso escritor del siglo XXI)

El barroco es esa brusca incontinencia de la picazón erótica, el plateado de sílabas coloreadas, un bélico apogeo del fabuloso Diaghilev, el alma de los ballets rusos.

Acicateado por Benedetto Croce, quien pregonaba, como si estuviese en 1800, que el barroco era solo una de las variedades de lo feo, Eugenio d’Ors conjuró esa anticuada injuria neoclasicista. Fue más lejos y, contra eruditos como Wolffin, negó el escritor barcelonés que el barroco fuese tan sólo una excentricidad jesuita visible en la iglesia romana del Gesù o un reflejo de la decadencia del imperio español, controlado en calidad de epidemia en el tránsito del siglo XVII al XVIII. El barroco, argumentó d’Ors, era un estado del alma que, atemporal y ahistórico, aparecía en diversas estaciones de la civilización. Lo barroco era un eón que imitaba los procedimientos de la naturaleza, mientras que el eón clásico hace lo propio con los mecanismos del espíritu. Barroco era lo mismo Proust que la novela rusa, Goya que Picasso, Copérnico como la teoría de la relatividad. «Así», dice d’Ors en «Lo barroco»: «en las épocas de clasicismo, la música se vuelve poética; la poesía, gráfica; la pintura, plástica; y la escultura, arquitectónica. Recíprocamente, en las épocas de tendencia barroca, la gravitación se produce en sentido inverso: el arquitecto es quien se hace escultor; la escultura pinta; la pintura y la poesía revisten las formas dinámicas propias de la música».

Yo mismo propendo a veces a líneas barrocas. Me gusta la prosa informativa y de guardia urbano, claro, pero, a veces, a uno le tientan turbadores juegos de teatralidad e ilusión óptica, de arena movediza en el esplendor escenográfico del fresco chaparrón a lavanda del cielo.

Barroco: lenguaje y vulva. Léxico erotizado: el uso de un léxico que roza lo erótico o la sensualidad como una herramienta constante en la escritura, convirtiendo el lenguaje en una forma de seducción para el lector.

Barroco: lenguaje y pezones; cuando la sensualidad verbal se vuelve casi matérica («alhelí», «luminiscencia», «camada de lobos»), cuando la fluidez de los géneros y los registros se explora a través de un lenguaje como una batalla con añafiles y paramentos.

Caldo criollo donde se cuecen palabras multisensoriales, ciclones en flores acuáticas color placer de oro, espesura del menstruo en la luz del cocuyo, el barroco es una forma de decir las cosas tan legítima como otras, un disloque del ritmo en un casquete extremamente pulimentado. Relumbrón de tortugas que bracean el mar. Placer tijereteado de las rosas.

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